—¿Hay algo mas todavía?

—Hay que ayer noche, ó esta mañana, han sido presos muchos, y de pronto se ha sabido que los jefes serán ajusticiados. Apenas han empezado á esparcirse estas voces, cuando de repente cada uno se ha encaminado á su morada por el camino más corto, por no arriesgarse á ser del número. Milán, cuando yo he salido, se asemejaba á un convento de frailes.

—Pero, ¿los ajusticiarán de veras?

—Indudablemente; y muy pronto, respondió el comerciante.

—Y el pueblo, ¿qué hará? volvió á decir el que había hecho la anterior pregunta.

—¿El pueblo? irá á verlos, dijo el comerciante. Tenían tantos deseos de ver morir á un cristiano al aire libre, que querían ¡bribones! ejecutar esta diversión con el señor vicario de la provisión. En cambio tendrán cuatro pícaros, servidos con todas las formalidades, acompañados por capuchinos y por cofrades de la buena muerte; es gente que lo ha merecido. Mirad, es una buena providencia; era una cosa indispensable. Empezaban ya á coger el vicio de entrar en las tiendas y hacerse servir sin meter la mano en el bolsillo: si se les hubiese dejado hacer, después del pan hubiera venido el vino, y así, de una cosa en otra... Juzgad si ellos querrían abandonar voluntaria y espontáneamente una costumbre tan cómoda; y sólo sabré deciros que para una persona honrada que tiene tienda abierta, era una idea muy poco satisfactoria.

—Es cierto, dijo uno de los circunstantes.—Es cierto, repitieron los demás en coro.

—Y, continuó el comerciante limpiándose la barba con los manteles, la trama es larga; ¿sabéis que había una liga?

—¡Una liga!

—Una liga: cábalas todas urdidas por los navarros, por ese cardenal de Francia, que tiene un nombre medio turco; ya sabéis quién quiero decir, el que todos los días piensa una cosa nueva para hacer algún desprecio á la corona de España. Pero sobre todo, sus tiros tienden siempre á Milán; porque el muy bellaco, sabe bien que aquí está la fuerza del rey.