—¡Vamos!
—¿Queréis una prueba? Los que han metido más alboroto en Milán eran forasteros; andaban recorriendo las calles ciertas caras que jamás se habían visto. También olvidaba deciros una cosa que se me ha dado por cierta: la justicia había atrapado á uno en una hostería.
Cuando se tocó esta cuerda, Renzo, que no perdía una sílaba de aquella conversación, se sintió sobrecogido de miedo, y dió un pequeño salto en su asiento antes de que pudiese pensar en contenerse. Nadie, sin embargo, se apercibió de ello; y el orador, sin interrumpir el hilo de su narración, continuó: Aún no se sabía de dónde venía, por quién era enviado, ni qué casta de hombre podía ser; pero lo cierto es que era uno de los jefes. Ya ayer, en lo más fuerte de la bacanal, había hecho varias diabluras; y después, no contento todavía, se había puesto á perorar y á proponer, así una pequeña gracia, el asesinar á todos los señores. ¡Infame! ¿Quién mantendría á los pobres si los señores fuesen todos asesinados? La justicia que lo había espiado, le echó las manos encima; le encontraron un paquete de cartas, y lo conducían á la jaula; ¡pero qué! sus compañeros, que rondaban por las inmediaciones de la hostería, acudieron en gran número y salvaron al bribón.
—¿Y qué ha sido de él?
—No se sabe; se habrá escapado ó estará oculto en Milán: ésa es gente que no tiene casa ni hogar, y encuentran por todas partes donde alojarse y esconderse, mientras que el diablo puede y quiere ayudarles; mas luego, cuando menos se lo piensan, se meten en el lazo; porque en el momento que la pera está madura, es indispensable que salga. Por ahora se sabe de seguro, que las cartas han quedado en poder de la justicia, y que toda la cábala está descrita en ellas, diciéndose que hay por medio mucha gente comprometida. Peor para ellos, que han arruinado medio Milán, y aún no tenían bastante. Dicen que los panaderos son unos bribones: ya lo sé yo también; pero es necesario ahorcarlos, previa disposición judicial. Hay grano oculto, ¿quién lo ignora? Pero á los que mandan corresponde tener buenos espías, é ir á desenterrarlo, y mandar á hacer cabriolas en el aire á los monopolistas, en compañía de los panaderos; y si los gobernantes no hacen nada, á la ciudad corresponde el reclamar, y si no dan oídos á la primera vez, es preciso recurrir otra segunda, pues á fuerza de reclamar se acaba por obtener; y no valerse de medios tan infames, como son el entrar en las tiendas y almacenes á robar á mansalva.
Lo poco que Renzo había comido se le convirtió en veneno. Hubiera querido estar mil millas lejos de aquella hostería, de aquel pueblo; y más de diez veces se había dicho á sí mismo: vámonos, vámonos. Pero el temor de infundir sospechas se aumentó considerablemente, y tiranizó de tal modo sus pensamientos, que lo tenía como clavado en su asiento. En semejante perplejidad, pensó que el charlatán debía al fin concluir de hablar de él, resolviendo en su interior el levantarse apenas oyese entablar cualquiera otra conversación.
—Por esto es, dijo uno de la reunión, por lo que yo, que sé cómo van esta especie de cosas, y que los hombres honrados no están bien en los alborotos, no me he dejado vencer por la curiosidad, y he permanecido en mi casa.
—¿Y yo, me he movido? dijo otro.
—Yo, añadió un tercero, si por casualidad me hubiese hallado en Milán, hubiera dejado sin acabar cualquier negocio que fuese, y me habría vuelto prontamente á casa. Tengo mujer é hijos; y luego, digo la verdad, no me gustan los alborotos.
Á esto, el posadero, que también se había puesto á escuchar, se dirigió al otro extremo de la mesa, para ver lo que hacía el forastero. Renzo, aprovechando la ocasión, llamó al patrón por señas, pidió la cuenta, la pagó sin regatear, aunque los fondos estaban en decadencia, y sin más, se encaminó directamente hacia la puerta, pasó el umbral, y poniéndose en manos de la Providencia, se dirigió del lado opuesto del cual había venido.