CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO

Basta con frecuencia un deseo, para no dejar tranquilo á un hombre; ¡juzgad pues, dos á la vez, el uno contrario al otro! El infeliz Renzo tenía desde algunas horas antes dos semejantes en su interior, según ya sabemos; esto es, el deseo de correr y el de estar oculto. Las terribles palabras del comerciante le habían hecho crecer ambos á un tiempo. ¡Conque su aventura había hecho tanto ruido! ¡querían apoderarse de él á todo evento! ¡Quién sabe cuántos esbirros se habrán puesto en campaña para darle caza! ¡cuántas órdenes habrán sido expedidas para vigilar las poblaciones, las posadas y caminos! Si bien pensaba por último que los esbirros que lo conocían eran sólo dos, y que el nombre no lo llevaba escrito en la frente; sin embargo, su imaginación volvía á recordar ciertas narraciones que había oído de fugitivos cogidos y descubiertos por medio de extrañas combinaciones, reconocidos en el modo de andar, en su aire sospechoso, y otras señales impensadas. Todo le hacía sombra. Aunque en el momento que salía de Gorgonzola era el toque de oraciones, y las tinieblas siempre crecientes disminuían los peligros, esto no obstante, tomó á su pesar el camino real, y se propuso entrar en la primera senda que le pareciese conducir hacia el lado adonde deseaba llegar con tanto afán. Al principio encontró algunos viajeros; pero estando llena su fantasía de tristes aprehensiones, no tuvo el valor suficiente para acercarse á preguntar el camino á cualquiera de ellos. El posadero ha dicho que hay seis millas, pensaba: si hay ocho ó diez caminando por senderos, las piernas que han hecho las demás harán también éstas. Hacia Milán de seguro no voy, pues me encamino con dirección al Adda: andando, andando, llegaré tarde ó temprano: el Adda tiene buena voz; y cuando esté cerca, no hay necesidad de que me lo enseñen: si hay alguna barca para poderlo pasar, lo pasaré en seguida; si no, me detendré hasta la mañana en un campo descansando sobre la yerba, como el gorrión: vale más dormir sobre la yerba que en una cárcel.

Poco después divisó á su izquierda un pequeño camino de travesía, y entró en él. Entonces, si hubiese topado con alguno, no hubiera gastado tantas ceremonias para hacerse enseñar el camino; mas no se sentía alma viviente. Andaba, pues, por donde el camino lo conducía, y pensaba:

“¡Yo hacer diabluras! ¡yo asesinar á todos los señores! ¡Un paquete de cartas, yo! ¡Mis compañeros que me estaban guardando las espaldas! Pagaría cualquiera cosa de encontrarme cara á cara con ese comerciante al otro lado del Adda (¡ah, cuándo habré pasado ese bendito Adda!) detenerle, y preguntarle con política, en dónde había pescado tantas y tan frescas noticias. Sabed ahora, mi querido señor, que la cosa ha tenido lugar de este y de este modo: que las diabluras que he hecho, han sido prestar auxilio á Ferrer, como si fuera un hermano mío; tened entendido, que los bribones, que á vuestro parecer eran mis amigos, en cierto momento me han querido hacer una mala partida, porque he hablado como buen cristiano; sabed que mientras vos estabais guardando vuestra tienda, yo me dejaba romper las costillas para salvar á vuestro señor vicario de la provisión, á quien jamás había visto ni conocido. Podéis esperar á que me mueva otra vez para socorrer á los señores...

“Es verdad que es preciso hacerlo en conciencia, porque ellos componen también el prójimo. Y ese gran paquete de cartas, en donde estaba toda la cábala que ha caído en poder de la justicia, según vos sabéis de cierto, veréis cómo lo hago comparecer aquí, sin auxilio del diablo. ¿Tenéis curiosidad de verlo? Helo aquí... ¡Es una sola carta!... Sí señor, una sola carta; y esta carta, si queréis saberlo, la ha escrito un religioso que puede enseñaros la doctrina, y daros lecciones de todo; un religioso que, sin haceros injuria, vale más un pelo de su barba que toda la vuestra; y esta carta la ha escrito, como veis, á otro religioso, que es también un sujeto... ¡Ved ahora quiénes son los bribones mis amigos! Otra vez sed más mesurado para hablar, principalmente cuando se trata del prójimo”.

Mas después de algún tiempo, estos pensamientos y otros semejantes, cesaron enteramente; las circunstancias presentes ocupaban todas las facultades del pobre viajero. El temor de ser perseguido ó descubierto, que había amargado tanto su viaje, durante el día, no le daba ya cuidado; ¡pero qué de cosas se lo volvían mucho más enojoso! Las tinieblas, la soledad, el cansancio siempre creciente y más penoso. Soplaba un viento frío, uniforme, penetrante, que debía hacer un flaco servicio al que se hallaba aún con los mismos vestidos que se había puesto para ir en cuatro brincos á las bodas, y volver en seguida triunfante á su casa; y lo que hacía el caso aún más grave, era el caminar á la ventura, y buscar, sin saber dónde, algún lugar de reposo y de seguridad.

Cuando llegaba á atravesar alguna población, andaba muy despacio, mirando, sin embargo, si había alguna puerta abierta todavía; mas no vió otra señal de gente que estuviese despierta, que una que otra luz, al través del encerado de alguna ventana. En el camino fuera de poblado, se paraba de cuando en cuando, escuchaba atentamente para ver si oía el murmullo del bendito Adda, pero en vano. Lo único que percibía era el aullido de perros, que partía de alguna cabaña solitaria, vagando por el espacio, y yéndose á perder aflictivo y amenazador á la vez. Al acercarse, el aullido se convertía en un ladrar terrible y furioso: al pasar por delante la puerta, sentía, veía casi al animal, con el hocico pegado á una pequeña abertura de dicha puerta, y redoblar los ladridos, circunstancia que le quitaba la tentación de llamar y de pedir un abrigo. Quizá, aun, sin el miedo á los perros, tampoco se hubiera resuelto. “¿Quién es? pensaba; ¿qué queréis á estas horas? ¿cómo habéis llegado aquí? Daos á conocer. ¿No hay por ventura posadas donde alojarse?”. He aquí, si llamo, la mejor respuesta que me darán, en caso de que no halle algún medroso que no duerma, y al fin y al cabo se ponga á gritar ¡socorro! ¡ladrones! Es indispensable tener de pronto una respuesta categórica que dar; y ¿qué he de responder yo? El que oye ruido de noche, no le viene á la imaginación más que ladrones, gente de mal vivir, y asechanzas; no se calcula que un hombre honrado puede encontrarse de noche en un camino, si éste no es un caballero que va en carruaje. Hechas las anteriores reflexiones, reservaba semejante partido para un caso extremo de necesidad, y seguía adelante, con la esperanza á lo menos de descubrir el Adda, si no podía pasarlo aquella misma noche, y en la firme resolución de no llegar al día claro sin lograr su objeto.

Caminando, llegó á un paraje donde la campiña cultivada iba á morir en un arenal, cubierto de helechos y débiles arbolitos. Esto le pareció, si no un indicio, á lo menos cierta consecuencia de un río inmediato, y se introdujo en él, siguiendo un sendero que lo atravesaba. Cuando hubo dado algunos pasos, se paró á escuchar; pero aún en vano. Lo selvático de aquel sitio, el no haber siquiera un moral, ni una vid, ni otras señales de cultivo humano, que antes parecía que le hacían compañía, iban aumentando el fastidio del viaje. Sin embargo, siguió adelante; y así como en su imaginación empezaban á presentársele ciertas imágenes, ciertas apariciones, vanos restos de narraciones é historias que había oído contar siendo niño, así también para rechazarlas ó apaciguarlas recitaba, á medida que iba andando, varias oraciones por las almas de los finados.

Poco á poco fué encontrando arbustos más altos, ciruelos, encinas enanas. Siguiendo adelante, y alargando el paso, con más impaciencia que deseo, empezó á descubrir entre la maleza algunos árboles esparcidos; y avanzando siempre por el mismo sendero, llegó á un espeso bosque. Experimentaba cierta repugnancia á entrar en él; pero la venció, y aunque de mala gana, continuó avanzando. Cuanto más se internaba, tanto más crecía su repugnancia; todo le fastidiaba. Los árboles que veía en lontananza se le representaban á manera de figuras extrañas, deformes, monstruosas; la sombra de las copas ligeramente agitadas que se veían mover sobre el sendero iluminado por la luna, le disgustaba; el mismo crujir de las hojas secas que aplastaba ó movía al andar, tenía para su oído un cierto no sé qué de siniestro. Las piernas experimentaban una especie de frenesí, un impulso de correr, y al mismo tiempo parecía que abrumadas por el cansancio se negasen á sostener la persona. Percibía la nocturna brisa, que á cada momento más fría y maligna azotaba su frente y mejillas: la sentía correr entre los vestidos y la carne arreciándola, y penetrar hasta los huesos quebrantados por el cansancio, apagando los últimos restos de su vigor. Hubo un momento en que aquel fastidio, aquel horror indefinible, contra los cuales su razón combatía hacía algún tiempo, parecieron de repente vencerlo. Estaba á punto de perder la cabeza; pero asustado más bien de su propio terror que no de cualquier otra cosa, llamó en su ayuda á su antiguo valor y arrojo. Así, tranquilizado un instante se detuvo con objeto de deliberar. Resolvió salir en seguida de aquel paraje por el camino que ya había andado, ir directamente al último pueblo por el cual había pasado, volver á gozar de la compañía de los hombres, y buscar un asilo aun en la misma posada. Al pararse, las hojas secas dejaron de crujir bajo sus pies; y estando todo silencioso á su alrededor, empezó á sentir cierto rumorcillo, cierto murmullo; era el susurro de agua corriente. Escucha; no hay duda, exclama: ¡es el Adda! Se hubiera dicho que había vuelto á encontrar á un amigo, á un libertador. El cansancio casi desapareció, su pecho volvió á latir, la sangre comenzó á circular vigorosa y libremente por todas sus venas; sintió renacer la confianza en sus ideas y desvanecerse en gran parte aquella turbación y vaga inquietud, aquellos temores de los cuales era presa su alma. En su consecuencia no vaciló en internarse más en el bosque en busca de aquel amistoso murmullo.

Á los pocos momentos llegó á la extremidad de la llanura, á orillas de una extensa ribera, viendo al través de la maleza que por todas partes la cubría, brillar y correr el agua. Extiende más la vista y descubre la vasta llanura de la ribera opuesta, sembrada de aldeas; un poco más allá, multitud de colinas, sobre una de las cuales divisa una gran mancha blanquecina, en la que cree distinguir una ciudad, Bérgamo seguramente. Da algunos pasos por la pendiente, separando con manos y brazos la maleza, con el objeto de ver si se mueve en el lago algún barquichuelo ó siente ruido de remos; mas nada ve, nada siente. Si hubiese llegado á ser otro río que no fuese el de Adda, Renzo habría bajado entonces á tentar el vado; pero sabía muy bien que el Adda no se podía tratar con tanta confianza.