Por lo tanto, se puso á consultar entre sí, con mucha sangre fría, el partido que debería tomar. Recostarse en la yerba y permanecer aguardando la aurora, acaso seis horas que aún podía tardar en aparecer, con un viento tan frío, con la escarcha, vestido tan á la ligera, era cosa de quedarse arrecido. Dar paseos arriba y abajo todo aquel tiempo, además de haber sido una ayuda muy poco eficaz contra el rigor del sereno, era exigir demasiado de aquellas pobres piernas, que habían hecho ya más de lo que debían. Mas de pronto recordó haber visto en uno de los campos más próximos al arenal, una de esas chozas construidas de troncos y ramas, y cubiertas de tierra por la parte exterior, en las cuales los labradores del Milanesado acostumbran en el verano depositar la recolección y refugiarse para guardarla: en las demás estaciones, están abandonadas. La escogió, pues, para su albergue; pasó de nuevo el sendero, atravesó el bosque, los matorrales, el arenal, y se dirigió hacia la choza. Había una carcomida y medio desquiciada puerta, sin llave ni cadena; Renzo la abre y entra; ve suspendido en el aire, y sostenido por gruesas ramas, un cañizo á manera de hamaca, mas no cuida de subir á él. Divisó en el suelo un poco de paja, y piensa que en ella no dejaría de saborear las dulzuras del sueño.

Antes de echarse sobre aquel lecho que la Providencia le había deparado, se arrodilló para darle gracias por dicho beneficio y por toda la asistencia que había recibido en aquel terrible día. En seguida rezó sus acostumbradas oraciones, y terminadas pidió perdón á Dios de no haberlas dicho la noche anterior; ó para repetir sus mismas expresiones, el haberse ido á dormir como un perro, y todavía peor. Por esto es, añadió para sí, apoyando las manos sobre la paja y tendiéndose á la larga; por esto, me ha caído en suerte esta mañana tan bella manera de despertar. Después recogió toda la paja que quedaba en torno suyo, colocóla encima de su cuerpo, haciendo del mejor que pudo una especie de cobertor para templar el frío, que aun allí dentro se dejaba sentir bastante, y se acurrucó debajo, con intención de echar un buen sueño, pareciéndole que le había costado más caro de lo regular el conseguirlo.

Apenas hubo cerrado los ojos, empezaron en su memoria ó en su imaginación (el lugar preciso no sabré indicarlo), empezaron, repito, á ir y venir las imágenes de tantas gentes, tan tumultuosa é incesantemente, que adiós, el sueño desapareció. Veía el notario, los esbirros, el espadero, el posadero, Ferrer, el vicario, la reunión de la hostería; en seguida las turbas que recorrían las calles, luego D. Abundio, después D. Rodrigo, gentes todas con las cuales había tenido Renzo que hacer.

Tres solas imágenes se presentaban no acompañadas de memoria alguna amarga, limpias de toda sospecha, enteramente amables; y dos principalmente, á la verdad muy distintas, pero estrechamente ligadas al corazón del joven, á saber: una trenza de negros cabellos, y una barba blanca. Mas á pesar del consuelo que experimentaba al detener su pensamiento sobre dichas imágenes, distaba mucho de ser puro y tranquilo. Pensando en el buen fraile, sentía con más viveza la vergüenza de sus propias calaveradas, de su torpe intemperancia, del poco caso que había hecho de los paternales consejos de aquél, y ¡contemplando la imagen de Lucía! no podemos decir todo lo que experimentaba: el lector sabe las circunstancias; por consiguiente, dejamos que se lo imagine á su voluntad. ¡Y la pobre Inés, cómo hubiera podido olvidarla! Inés, que lo había elegido, que lo consideraba como si no compusiesen más que una sola persona él y su hija; que antes de recibir de Renzo el nombre de madre, había tomado el lenguaje, el corazón, y demostrado con hechos su tierna solicitud. Pero que la infeliz mujer se encontrase al presente echada de su casa, fugitiva, incierta acerca del porvenir; que no hallase más que penas y aflicciones en donde había esperado encontrar la tranquilidad y alegría en sus últimos días, y que su benevolencia y generosas intenciones habían sido la única causa de todo; he aquí el más agudo y punzante de los dolores que existía en el corazón de nuestro joven. ¡Qué noche, pobre Renzo! ¡Y ésta que debía ser la quinta de sus bodas! ¡Qué cámara, qué lecho nupcial! ¡y luego qué jornada! ¡Y para llegar á aquel mañana, qué serie de días! “Sea lo que Dios quiera, respondía á los pensamientos que más le apesadumbraban; sea lo que Dios quiera: él sabe lo que hace y vela siempre por nosotros: váyase todo en cuenta de mis pecados. ¡Lucía es tan buena! ¡no querrá hacerla sufrir por espacio de mucho tiempo!”.

En medio de tales meditaciones, desesperando de poder conciliar el sueño, y dejándose sentir el frío cada vez más, hasta el punto de hacer tiritar todo su cuerpo y castañetear los dientes, suspiraba por la venida del día, y medía con impaciencia el lento correr de las horas. Digo que las medía, porque á cada media hora oía en aquel vasto silencio las campanadas de un reloj: probablemente sería el de Trezzo. La primera vez que hirió sus oídos tan inesperado ruido, sin que pudiese tener idea alguna de su origen, sintió una sensación misteriosa y solemne, como el aviso que viniese de una persona invisible, con voz desconocida.

Por último, cuando la campana hubo dado once golpes[16], que era la hora dispuesta por Renzo para levantarse, se incorporó medio aterido, se arrodilló y rezó con más fervor que de costumbre las oraciones de la mañana, se puso en pie, se esperezó, sacudió todos sus miembros con el objeto de darles su ordinaria elasticidad, porque parecía que cada uno obraba por sí solo; se sopló una mano, después la otra, se las restregó, y abrió la puerta de la choza. Lo primero que hizo fué echar una ojeada á un lado y á otro para ver si había alguien. No divisando á nadie, buscó con la vista el sendero que anteriormente había recorrido; lo reconoció en seguida y se encaminó á él.

La atmósfera anunciaba un hermoso día; la luna en su menguante, pálida y sin rayos, brillaba con todo en el inmenso espacio de un cielo ceniciento y azul, que poco á poco hacia el Oriente iba desvaneciéndose ligeramente en una rosada tinta. Más lejos, tocando con el horizonte, se extendían en largas fajas desiguales algunas nubes más bien azuladas que oscuras, de las cuales las últimas estaban orladas de una banda como de fuego, que por momentos se volvía más viva y resplandeciente. Al Mediodía, otro grupo de nubes, ligeras y aéreas, por decirlo así, iban tiñéndose de mil colores sin nombre. Aquél era el cielo de Lombardía, tan hermoso cuando está despejado, tan esplendente cuando está pacífico. Si Renzo se hubiese hallado en aquel paraje por su gusto, ciertamente se hubiera detenido á contemplar aquella alborada tan diferente de las que tenía costumbre de ver en sus montañas; mas al presente sólo atendía á su camino, andando á buen paso, para entrar en calor y llegar más pronto. Pasa los campos, el arenal, los matorrales; atraviesa el bosque, mirando á todos lados, riendo y avergonzándose al mismo tiempo del terror que había experimentado pocas horas antes. Llega por último á la margen del río, tiende la vista á lo lejos, y al través de la maleza descubre una barquilla de pescador que viene deslizándose lentamente contra la corriente, rozándose casi con la orilla. Baja en seguida por el camino más corto por entre las zarzas y espinos, y desde la citada orilla llama á media voz al pescador, con la intención de manifestar que pedía un servicio de poca importancia; pero sin apercibirse de que lo hacía con voz medio suplicante, le hizo señas para que se aproximase. El pescador lanza una ojeada á lo largo de la ribera, mira atentamente el agua que viene, se vuelve á mirar á su espalda el agua que va, dirige en seguida la proa hacia Renzo, y atraca. Éste, que permanecía en la misma orilla, casi tocando el agua con los pies, se afirma á la proa del batel, salta dentro, y dice: “¿Me haréis el favor, pagando por supuesto, de trasladarme á la orilla opuesta?”. El pescador lo había adivinado, y ya volvía la proa hacia aquel lado. Viendo Renzo otro remo en el fondo de la barquilla, se inclina y lo coge.

—Despacio, despacio, dijo el barquero; pero al ver luego con qué maestría el joven había empuñado el remo, y se disponía á manejarlo: ¡ah, ah! repuso, ¿sabéis el oficio?

—Un poquito, contestó Renzo; y se puso á remar con un vigor y una destreza que no eran de un aficionado. Sin descansar un instante, lanzaba de cuando en cuando una sombría mirada á la orilla de la cual se alejaba, y otra con impaciencia sobre la que se dirigía, y se desesperaba de no poder ir por el camino más corto; pues la corriente era en aquel paraje demasiado rápida para cortarla en línea recta, y la barca, ora siguiendo dicha corriente, debía hacer una travesía diagonal. Como acontece en todos los asuntos un poco embrollados, que las dificultades en un principio se presentan en masa, y después aparecen minuciosamente; Renzo, ahora que casi había pasado, por decirlo así, el Adda, le fastidiaba el no saber de positivo si el río en aquel sitio servía de límites á los dos estados, ó si superado dicho obstáculo, le quedaría algún otro que vencer. Por lo tanto, llamando al pescador y señalándole por medio de un movimiento de cabeza la señal blanquecina que había visto la noche anterior, y que entonces se divisaba con más claridad, dijo: “¿Es Bérgamo aquel pueblo?”.

—La ciudad de Bérgamo, replicó el pescador.