—¿Y esa ribera, es de su territorio?
—No, que es del de S. Marcos.
—¡Viva S. Marcos! exclamó Renzo. El pescador nada dijo.
Tocan, finalmente, á la orilla tan deseada; Renzo se precipita á ella; da gracias á Dios desde el fondo de su corazón, y después se las manifiesta al barquero; mete la mano en el bolsillo, saca una berlinga, que atendidas las circunstancias, no fué poco desprendimiento, y se la entrega al buen hombre, el cual, después de haber echado una ojeada á la ribera milanesa y á toda la extensión del lago, alarga la mano, recibe el regalo que se le hace, lo guarda; luego aprieta los labios, forma con el índice y el pulgar una cruz, y acompañando dicho gesto con una mirada expresiva dice: “buen viaje”, y se vuelve por donde había venido.
Para que el lector no se maraville demasiado de la tan pronta y discreta cortesanía del pescador, debemos advertirle, que el tal individuo, requerido con frecuencia, para semejantes servicios por contrabandistas y bandidos, estaba acostumbrado á prestarlos, no tanto por el motivo de una escasa, é incierta ganancia que le pudiese sobrevenir, cuanto por no crearse enemigos entre aquella clase de gentes. Prestaba dichos servicios, repito, siempre que estaba seguro de no ser visto por los guardas, esbirros y espías. Así, sin querer más á los primeros que á los segundos, procuraba tenerlos contentos á todos, con esa imparcialidad que es la dote ordinaria del que se ve precisado á tratar con unos, y está sujeto á dar cuenta de sus acciones á otros.
Renzo se detuvo un momento sobre la ribera, con el objeto de contemplar la opuesta, aquella tierra que poco antes abrasaba bajo sus pies. “¡Ah, he aquí que ya estoy fuera!”, tal fué su primer pensamiento. “¡Permanece ahí, maldito país!”, fué el segundo, el adiós á su patria; mas el tercero fué el recordar á los qué dejaba en él. Entonces cruzó los brazos sobre el pecho, arrojó un suspiro, fijó la vista sobre el agua que corría á sus pies. “¡Ella ha pasado por debajo del puente!” pensó: así, según el uso de sus compatriotas, llamaba por antonomasia el puente de Lecco. “¡Ah, pícaro mundo! Basta; sea lo que Dios quiera”.
Volvió las espaldas á tan tristes objetos, y se puso en marcha, tomando por punto de vista la mancha blanquecina que se hallaba sobre el declive de la montaña, hasta que encontrase alguno para hacerse enseñar el verdadero camino. Era necesario ver con qué desembarazo se acercaba á los viajeros, y cómo sin rodeos ni ambages pronunciaba el hombre del pueblo en donde vivía su primo. Por el primero á quien se dirigió, supo que todavía le faltaban nueve millas para llegar.
El viaje no fué tranquilo. Sin hablar de los disgustos que acompañaban á Renzo, los objetos dolorosos que se le presentaban contribuían á aumentar más y más su aflicción. Demasiado reconocía que en el país, en el cual entraba, hallaría la misma penuria que había dejado en el suyo. En todo el camino, y más aún en los campos y aldeas, encontraba á cada paso mendigos, que no lo eran de oficio, y que manifestaban más bien la miseria en el semblante que en el traje. Eran labradores montañeses, artesanos, familias enteras: percibíase un ruido sordo, mezclado de súplicas, lamentos y gemidos. Semejante espectáculo, además de la compasión y melancolía que le causaba, le hacía pensar en sus propios asuntos.
“¡Quién sabe! se decía sumamente pensativo, si encontraré qué hacer; si habrá trabajo como los años anteriores. ¡Bah! Bartolo me quería mucho: es un excelente muchacho; ha ganado bastante dinero; me ha invitado infinitas veces; por consiguiente, no me abandonará. Y después, la Providencia me ha socorrido hasta ahora, y me socorrerá también en lo sucesivo”.
En el ínterin, se le había despertado el apetito, y á medida que trascurría tiempo, se aumentaba cada vez más; pues aunque Renzo, cuando empezó á sentirlo, calculase que podía resistir sin grande incomodidad las dos ó tres millas que le faltaban, pensó por otro lado que no sería regular el presentarse á su primo, como un hambriento pordiosero, y decirle por primer saludo: “dame de comer”. Sacó del bolsillo todas sus riquezas, las deslizó sobre una de sus manos, y echó la cuenta. Para esto no se requería saber mucha aritmética; mas sin embargo, había lo suficiente para hacer una buena comida. Entró, pues, en una posada á restaurar su estómago, y después de haber pagado le quedaron todavía algunos sueldos.