Al salir, vió al lado de la misma puerta, que por poco no las pisa, más bien tendidas en el suelo que sentadas, dos mujeres, la una ya anciana, la otra más joven, con un tierno niño, el cual, después de haber chupado en vano sus pechos, lloraba sin consuelo; todos estaban pálidos como la muerte. De pie, junto á ellas, se hallaba un hombre, en cuyo semblante y miembros podían traslucirse todavía algunas señales de su antiguo vigor, domado ahora y casi apagado por una larga abstinencia. Los tres tendieron la mano á Renzo, que salía con paso intrépido y reanimado aspecto; ninguno hablaba: ¡qué más podía decir una súplica!

—¡He aquí la Providencia! dijo Renzo; y metiendo repentinamente la mano en la faltriquera, vació los pocos sueldos que contenía, los puso en la mano que halló más próxima, y continuó su marcha.

La ligera comida, y aquella buena obra (ya que estamos compuestos de alma y cuerpo) habían fortalecido y alegrado todos sus pensamientos. En efecto, al verse de aquel modo despojado de su último dinero, tuvo más confianza en el porvenir, que no había tenido antes; porque si para sostener ese día á aquellos infelices, la Providencia había reservado las últimas monedas de un forastero fugitivo, incierto aún de los medios que emplearía para vivir, ¿cómo podía creer que quisiese dejar en seguida en igual apuro, á aquél del cual se había servido en la consabida ocurrencia, y á quien había inspirado un sentimiento de piedad tan vivo, tan eficaz y generoso? Tales eran, con poca diferencia, las ideas del joven, menos claras, sin embargo, que las que yo he sabido expresar. En el resto de su viaje fué pensando en sus asuntos, los cuales no le presentaban ninguna dificultad. La escasez debía concluir; todos los años se siega: entretanto tenía al primo Bartolo y su propia industria; además, en su casa también tenía algún dinero, que mandaría en seguida que se lo remitieran: con él, poniéndose en lo peor, tendría con qué vivir hasta que volviera la abundancia. He aquí, pues, vuelta la abundancia, pensaba interiormente Renzo, la furia del trabajo renace; los amos se agitan á porfía para obtener operarios milaneses, que son los que mejor saben el oficio: éstos se engríen: el que quiere gente hábil, que la pague; se gana para la subsistencia, y también para hacer algunos ahorros, y se manda decir á las mujeres que vengan... Y luego, ¿por qué tanto esperar? ¿No es cierto que con lo poco que tenemos de reserva habríamos pasado en aquellos sitios todo el invierno? Del mismo modo podremos pasar aquí. Curas, los hay en todas partes. Que vengan aquellas dos queridas mujeres; aquí pondremos casa. ¡Qué placer, el ir paseando todos juntos por este mismo camino! ¡el ser conducidos hasta el Adda en carruaje, merendar en las mismas márgenes, y desde éstas manifestar á las damas el sitio en que me he embarcado, los matorrales que he atravesado, y el paraje desde donde me he puesto á mirar si descubría algún batel!

Por último llegó al pueblo de su primo. Al entrar, casi antes de poner los pies en él, distinguió una casa muy alta, guarnecida de largas y numerosas ventanas. Reconociendo que era una fábrica de hilados, se introdujo en ella, preguntando en alta voz, á causa del ruido de las ruedas y del agua que caía, si estaba allí un tal Bartolo Castagneri.

—¿El señor Bartolo? allí está.

—¡Señor! Buena señal, pensó Renzo: divisó al primo, y corrió á su encuentro. Éste se vuelve y reconoce al joven, que le dice: Heme aquí. Lanza un ¡oh! de sorpresa, levanta los brazos y se precipita á su cuello. Después de las primeras demostraciones de afecto, Bartolo conduce á nuestro joven á otra pieza lejos del estrépito de las máquinas y de las miradas de los curiosos, y le dice: Tengo un gran placer en verte; pero eres un pobre muchacho: te he invitado tantas veces, y no has querido venir nunca, y ahora llegas en momentos un poco críticos.

—¿Quieres que te lo diga francamente? No he venido por mi voluntad, dijo Renzo; y con la mayor brevedad, y no sin mucha emoción, le refirió su dolorosa historia.

—Esto es muy distinto, repuso Bartolo. ¡Oh, mi pobre Renzo! Mas ya que has contado conmigo, puedes estar seguro que no te abandonaré. Verdaderamente, ahora no se trata de buscar operarios; de modo que todos á duras penas conservan los suyos, y esto lo hacen por no perderse, y por no interrumpir su comercio; pero mi amo me aprecia bastante y tiene dinero: á decir verdad, sin que sea jactancia, la mayor parte de su fortuna á mí me la debe; él ha puesto el capital y yo mi industria. ¿Sabes que soy el primer operario? Y luego, por decirlo de una vez; soy el fac totum. ¡Pobre Lucía Mondella! Me acuerdo de ella como si fuese ayer; es una buena muchacha. Siempre la más recogida en la iglesia; y cuando uno pasaba por delante de su casita... ¡Qué casita aquélla! Todavía me parece que la estoy viendo; situada casi fuera del pueblo, con una hermosa higuera que sobresalía de la tapia...

—No, no; no hablemos de eso.

—Quiero decir que cuando uno pasaba por frente de aquella casita se oían siempre las devanaderas, que daban vueltas y más vueltas. ¡Y el consabido D. Rodrigo! Ya en mi tiempo seguía las mismas huellas; pero ahora, á lo que parece, hace diabluras á montones, hasta que Dios le deje la brida sobre el cuello. Por lo demás, como te iba diciendo, aquí también se padece su poquito de hambre... Á propósito, ¿cómo estás de apetito?