—He comido en el camino muy poco tiempo hace.

—¿Y á qué altura nos hallamos de dinero?

Renzo llevó el pulgar á la boca, y haciendo tropezar la uña con los dientes, dejó oir un ruidito casi imperceptible.

—No importa, dijo Bartolo: yo tengo; no hay que pensar en ello, que pronto, muy pronto, las cosas cambiarán, si Dios quiere: entonces tú me lo devolverás, y te pondrás bajo el mismo pie que yo.

—En casa todavía tengo alguna cosita, y dispondré que me la manden.

—Está bien: en el ínterin cuenta conmigo. Dios me ha dado bienes para que haga bien; y si no lo hago á los parientes y amigos, ¿á quién se lo he de hacer?

—Lo tengo ya dicho: ¡oh, el destino! exclamó Renzo, estrechando afectuosamente la mano de su buen primo.

—¿Conque en Milán han movido tan grande alboroto? repuso el último. Aquella gente me parece un poco loca. Las voces se habían esparcido ya por aquí; pero quiero que tú me lo cuentes más minuciosamente. Ambos tenemos de qué hablar. Aquí, sin embargo, tú mismo lo ves; todo va con más tranquilidad, y las cosas se hacen con un poco más de juicio. La ciudad ha comprado dos mil cargas de trigo á un comerciante que vive en Venecia, trigo que viene de Turquía; pero cuando se trata de comer, no se mira tan de cerca. Escucha ahora lo que sucede: los rectores de Verona y de Brescia cierran los pasos, y dicen: por aquí no pasa trigo. ¿Qué hacen entonces los de Bérgamo? Despachan á Venecia á Lorenzo Torre, que es un abogado de los buenos: marcha precipitadamente, se presenta al Dux, y le dice: ¿qué idea han tenido esos señores rectores?... ¡Vaya un discurso! ¡un discurso digno de imprimirse! ¡Lo que es tener un hombre que sabe hablar! En seguida se expide una orden para que se deje pasar el grano, y que los rectores no sólo lo dejen pasar, sino que es preciso que lo hagan escoltar; y he aquí que ya está en camino. También se ha pensado en la campiña. Juan Bautista Biava, enviado de Bérgamo en Venecia, excelente sujeto por cierto, ha hecho presente al senado que también en la campiña se padecía hambre; y dicho senado ha concedido cuatro mil staia[17] de mijo, lo cual también ayuda á hacer pan: y además, ¿lo quieres saber? si no hay pan, comeremos otra cosa. Como ya he dicho, el Señor me ha dado bienes. Ahora te presentaré á mi amo, le he hablado de ti muchas veces; y te recibirá bien. Es un buen habitante de Bérgamo, un hombre chapado á la antigua, de excelente corazón. Verdaderamente, ahora no te aguardaba; pero cuando oirá tu historia... Y después, sabe que los operarios le tienen cuenta, porque la carestía pasa y el comercio dura. Mas antes de todo, es indispensable que te advierta una cosa. ¿Sabes cómo nos llaman en este país á los que somos del estado de Milán?

—¿Cómo?

—Nos llaman bobos.