En efecto, todo salió á medida del deseo: las promesas de Bartolo se realizaron; por lo tanto, nos abstenemos de hacer una particular mención, por considerarlo inútil. Esto fué ciertamente providencial, pues vamos á ver cuán poco podía contar Renzo con el dinero y efectos que había dejado en su casa.
NOTAS:
[16] Es preciso advertir que antiguamente, y aun ahora, en algunas partes de Italia cuentan hasta veinticuatro horas, empezando la primera de éstas una hora después de haber anochecido; de modo que en invierno las once corresponden poco más ó menos á las cinco de la mañana.
[17] Fanegas.
CAPÍTULO DECIMOCTAVO
Aquel mismo día, el 13 de noviembre, llegó un expreso al señor podestá de Lecco, y le presentó un despacho del señor capitán de justicia, conteniendo la orden de hacer todas las indagaciones posibles y más oportunas para descubrir si cierto joven llamado Lorenzo Tramaglino, hilador de seda, escapado de las manos prædicti egregii domini capitanei[18] ha vuelto palam vel clam[19] á su pueblo, ó si se halla ignotum in territorio Leuci[20]: quod si compertum fuerit sic esse[21], procure dicho señor podestá quanta maxima diligentia fieri poterit[22], prenderlo, y sujetado que sea, videlizet[23], con buenas esposas, en atención á la insuficiencia ya experimentada de las maniquetas en el expresado individuo, lo haga conducir á la cárcel y lo retenga allí bajo una segura custodia, para ponerlo en manos de los que estarán encargados de recibirlo; y tanto si le encuentra, como no, datis ad domum prædicti Laurentii Tramaglino, et facta debita diligentia quidquid ad rem repertum fuerit auferatis; et informationes de illius prava qualitate, vita et complicibus sumatis[24]; y de todo lo dicho y hecho, hallado y no hallado, cogido y dejado, diligenter referatis[25].
El señor podestá, después de haberse asegurado por los medios humanos, que el sujeto no había vuelto al país, manda llamar al cónsul[26] del pueblo donde residía Renzo, y se hace conducir á la casa indicada acompañado de un escribano y gran número de esbirros. La casa está cerrada; el que tiene las llaves no se encuentra, ó más bien, no se deja encontrar. Se echa la puerta abajo; hácense las diligencias acostumbradas, es decir, se procede del mismo modo que si fuese una ciudad tomada por asalto. El ruido de esta expedición se esparce inmediatamente por todos los alrededores; llega á oídos del padre Cristóbal, el cual, atónito, no menos que afligido, pregunta á todo el mundo para obtener alguna luz con respecto á un tan inesperado suceso; pero no recoge más que vagas conjeturas, y escribe sobre la marcha al padre Buenaventura, del cual espera poder recibir noticias más claras. Entretanto los parientes y amigos de Renzo son citados á declarar acerca de lo que puedan saber de sus malas cualidades. Llevar el apellido de Tramaglino es una desgracia, una vergüenza, un crimen; el pueblo está enteramente revuelto. Poco á poco se llega á saber que Renzo se ha escapado de las manos de la justicia, en medio mismo de la ciudad de Milán, y que después ha desaparecido: corren voces de que ha hecho una cosa grande, pero no saben decir el qué, y se refiere de mil maneras; cuanto mayor es, tanto menos es creída en el país, en donde Renzo es conocido por un joven honrado. Los más presumen, y van diciéndolo al oído de su vecino, que es una maquinación de D. Rodrigo para perder á su desventurado rival. Tan cierto es, que juzgando por inducción y sin el necesario convencimiento de los sucesos, se echa la culpa muchas veces á los malvados.
Mas nosotros, con las pruebas en la mano, como se suele decir, podemos afirmar, que si D. Rodrigo no tenía parte en el infortunio de Renzo, se regocijó tanto como si fuese obra suya, y lo celebró en compañía de sus confidentes, y particularmente con el conde Attilio. Éste, según sus anteriores designios, hubiera debido aquellas horas hallarse ya en Milán; pero á la noticia del tumulto y de la canalla que recorría las calles, dispuesta más bien á dar golpes que á recibirlos, había creído más prudente el permanecer en el campo hasta que todo estuviera tranquilo; tanto más, cuanto que habiendo ofendido á muchos, tenía razón de temer que alguno de ellos, que sólo por impotencia no se movía, tomase alas á causa de las circunstancias, y juzgase el momento á propósito para ser el vengador de todos. Sin embargo, dicho temor no fué de larga duración: la orden venida de Milán para proceder contra Renzo era ya un indicio de que las cosas habían vuelto á tomar su curso ordinario, teniéndose al mismo tiempo una verdadera certeza de ello.
El conde Attilio partió inmediatamente, animando al primo á no ceder en su empresa, y superar todos los obstáculos, prometiéndole que por su parte pondría mano en seguida á desembarazarle del fraile, para cuyo asunto el afortunado accidente del abyecto rival debía servir á las mil maravillas. Apenas había marchado el conde, cuando el Griso llegó de Monza sano y salvo, el cual refirió á su señor todo lo que había podido averiguar. Dijo que Lucía estaba refugiada en tal convento bajo la protección de la consabida señora; que permanecía reclusa, como si fuese una de las mismas monjas, no poniendo jamás un pie ni fuera de la puerta siquiera, asistiendo á las ceremonias religiosas colocada detrás de una reja, lo cual disgustaba á muchos que habían oído hablar de no sé qué aventuras, y elogiar su hermosura, cuyos elogios, viéndola, deseaban juzgar si eran merecidos.
La anterior relación hubiera introducido el diablo en el cuerpo á D. Rodrigo, si no lo hubiese tenido ya. Tantas circunstancias favorables á su proyecto inflamaban más y más su pasión, ó mejor diremos, aquella mezcla de amor propio, de rabia é infames deseos, que tomaba por pasión. Renzo ausente, expulsado, desterrado; todo llega á ser lícito contra él: su misma desposada podía ser considerada en cierto modo como bienes de un rebelde: el sólo hombre en el mundo que querría y podría tomarla bajo su protección y meter un ruido capaz de ser sentido desde muy lejos, y por personas de categoría, el rabioso fraile, dentro de poco estará probablemente fuera de estado de hacer daño. Mas he aquí que se presenta un nuevo impedimento, que no sólo sirve de contrapeso á todas aquellas ventajas, sino que las hace, si puede decirse, enteramente inútiles. El monasterio de Monza, aun cuando no hubiese habido una princesa, era un hueso demasiado duro para los dientes de D. Rodrigo; y por más que diese vueltas con la imaginación en torno de aquel asilo, no podía inventar ningún medio de violarlo, ni con la fuerza, ni con la astucia. Estuvo casi para abandonar la empresa, resolviendo ir á Milán, dando un gran rodeo, aunque el camino fuese más largo, con el objeto de no pasar por Monza; y una vez en Milán lanzarse en brazos de los amigos y diversiones para desechar con pensamientos de todo punto alegres aquel deseo que á cada momento le atormentaba más. ¡Pero los amigos! es indispensable ir con ellos con un poco de cuidado. En vez de una distracción podía tener esperanza de encontrar en su compañía nuevos disgustos; porque Attilio habría ya tomado seguramente la trompa y puesto á todo el mundo en expectativa; se verá acosado á porfía por los que le pedirán noticias de la montañesa, y será preciso que les conteste. Había deseado, había hecho tentativas, ¿y qué había conseguido? Se había tomado un empeño, á la verdad, un poco innoble; pero, ¡vaya! uno no puede siempre vencer sus caprichos; el caso es satisfacerlos. Mas, ¿cómo se salía de dicho empeño, dando la victoria á un villano y á un fraile? ¡Oh, qué vergüenza! ¡Y cuando una feliz casualidad, una suerte inesperada lo ha libertado del uno; cuando un hábil amigo lo ha desembarazado del otro, sin que él se haya tomado el más leve trabajo, no ha sabido, imbécil, aprovechar la coyuntura, y renuncia cobardemente á la empresa! Una de dos: ó era preciso no atreverse á levantar la cabeza entre gente bien nacida, ó tener á cada momento la espada en la mano; y después, ¿cómo volver, cómo permanecer en aquel castillo, en aquel país, en el cual, dejando aparte los continuos y punzantes recuerdos de su pasión, tendría que sufrir la afrenta de un golpe que le había salido fallido? ¡Donde al propio tiempo, habiéndose aumentado el odio que le profesaban, veíase disminuir la reputación de su poderío! ¡en donde también, en el semblante de cualquier bribón, en medio de los saludos mismos, podría distinguir una amarga ironía! ¿Y pasaría por ella? ¡Gracioso sería! El camino de la iniquidad, dice aquí el manuscrito, es largo, pero esto no quiere decir que sea cómodo: tiene sus buenos tropiezos, sus pasos escabrosos, y también su parte molesta y pesada; aunque se dirija á sus fines.