—¿Á...?

—Á Rímini.

—¿Hacia qué lado se halla ese pueblo?

—¡Uy, uy! respondió el fraile cortando verticalmente el aire con la mano extendida, como para denotar una grande distancia.

—¡Oh, pobre de mí! ¿Mas por qué se ha ido... vamos... así, tan de improviso?

—Porque el padre provincial lo ha querido así.

—¿Y por qué enviarle tan lejos? ¡Él, que hacía tanto bien aquí! ¡Dios mío!

—Si los superiores tuviesen que rendir cuenta de las órdenes que dan, ¿adónde iría á parar la obediencia, mi buena señora?

—Sí; ¡pero esto va á causar mi ruina!

—¿Sabéis lo que será? que en Rímini habrán tenido necesidad de un buen predicador (los tenemos, sin embargo, en todas partes; pero á veces se quiere precisamente una persona expresa); el padre provincial de allá habrá escrito al padre provincial de acá, si tenía un sujeto de estas y de las otras cualidades; y el padre provincial habrá dicho: para esto se requiere al padre Cristóbal. Mirad, debe ser justamente una cosa por el estilo.