—¡Oh, desgraciadas de nosotras! ¿Cuándo ha marchado?

—Antes de ayer.

—¡He aquí, si yo hubiese seguido en mi inspiración de venir algunos días antes! ¿Y no se sabe cuándo podrá volver, así, día mas ó menos?

—¡Ay, señora mía! esto sólo lo sabe el padre provincial, si aun por casualidad él mismo lo sabe. Cuando uno de nuestros padres predicadores ha tomado su vuelo, no se puede prever sobre qué rama irá á posarse: lo buscan de aquí, lo piden de allá; y eso que tenemos conventos en todas las cuatro partes del mundo. Suponed que en Rímini, el padre Cristóbal hará un gran ruido con su cuaresma; porque no predica siempre á destajo como lo hacía aquí para los pescadores y aldeanos; para los púlpitos de ciudad tiene sus magníficos sermones escritos; éstos son la flor de la canela. La fama de este gran predicador vuela por todas partes; y lo pueden enviar á buscar de... ¿de qué sé yo dónde? Y entonces es preciso mandarlo; porque nosotros vivimos de la caridad de todo el mundo, y es justo que sirvamos á todos.

—¡Oh, Dios mío, Dios mío! exclamó de nuevo Inés casi llorando; ¡cómo lo haré sin ese hombre! ¡él nos servía de padre! ¡para nosotros es una ruina!

—Escuchad, buena mujer: el padre Cristóbal era verdaderamente lo que se llama un hombre completo; mas sin embargo, ¿sabéis que tenemos otros, además, llenos de caridad y de talento, y que saben tratar igualmente con los señores y con los pobres? ¿Queréis al padre Atanasio, al padre Gerónimo, ó al padre Zacarías? Mirad, este último es un hombre de mérito. Y no vayáis á admiraros, como hacen algunos ignorantes, de que sea así tan adamado, con una vocecita aguda, y muy poca barba: no digo que sea un gran predicador, porque cada cual posee sus dones particulares; pero para dar consejos, sabed que es todo un hombre.

—¡Oh, por compasión! exclamó Inés, con esa mezcla de gratitud y paciencia que se experimenta á una oferta, en la que se ve más la buena voluntad de otro que la propia conveniencia: ¡qué me importa que otro sea ó no un hombre de talento, cuando aquél que no está aquí era el único que sabía nuestros negocios, y lo tenía todo preparado para ayudarnos!

—Entonces, es preciso tener paciencia.

—Demasiado lo sé, replicó Inés, perdonadme el haberos incomodado.

—¿En qué, mi buena señora? Únicamente por vos es por lo que siento esta ocurrencia; y si os decidís á buscar á alguno de nuestros padres, el convento de aquí no se mueve. ¡Ah! pronto me dejaré ver por la cuestación del aceite.