—Pasadlo bien, dijo Inés, y se encaminó hacia su pueblecillo, desolada, confusa, desconcertada, como un infeliz ciego que hubiese perdido el palo que le servía de guía y apoyo.
Nosotros, un poco mejor informados que Fr. Galdino, podemos decir verdaderamente lo que había pasado. Attilio, apenas llegado á Milán, se dirigió, según había prometido á D. Rodrigo, á hacer una visita á su común tío, miembro del consejo secreto. (Era una junta compuesta entonces de trece personajes de toga y espada, de los cuales el gobernador tomaba parecer; y muerto éste, ó siendo mudado, la expresada junta reasumía provisionalmente el gobierno.) El conde, tío de aquél, togado y uno de los ancianos del consejo, gozaba allí de cierto crédito; pero para hacerlo valer, y sobre todo para manifestarlo á los demás, no tenía igual. Su lenguaje siempre era ambiguo, su silencio significativo; no acababa jamás sus frases; cerraba los ojos, como queriendo decir: no puedo hablar. Poseía la habilidad de lisonjear sin prometer, de amenazar esplendorosamente; todo iba encaminado á sus fines particulares, y todo más ó menos se volvía en favor suyo. Se veía obligado á decir: “Yo no puedo hacer nada en este asunto;” esto era la pura verdad; pero lo decía de un modo que no era creído, sirviendo para aumentar el concepto en que se le tenía, y además, la realidad de su poder, á semejanza de aquellos potes que se ven todavía en algunas boticas con ciertos caracteres árabes, y en los cuales no hay nada dentro, pero que no obstante sirven para sostener el crédito de dicho establecimiento. El del conde, que desde mucho tiempo hacía había ido creciendo siempre por grados sumamente lentos; por último, había dado de un golpe un paso, como en estilo vulgar se dice, de gigante, por una casualidad extraordinaria. Había hecho un viaje á Madrid, encargado de una misión para la corte, siendo preciso oirle contar la acogida que había tenido. Por no decir otra cosa, el conde-duque lo había tratado con una atención especial, habiendo merecido su confianza hasta el punto de haberle preguntado una vez á presencia, si así puede decirse, de la mitad de la corte, si le gustaba Madrid, y también de haberle dicho otra vez estando así, mano á mano, en el alféizar de una ventana, que la catedral de Milán era la iglesia mayor que existía en los dominios del rey.
Hechos los cumplidos de costumbre al conde su tío, y haciéndole también presente los de su primo, Attilio, con el grave continente que sabía tomar cuando convenía, dijo: “Creo cumplir con mi deber, sin faltar á la confianza de Rodrigo, informando á mi señor tío acerca de un negocio, que si él no pone remedio, puede llegar á formalizarse y traer consecuencias...”.
—Imagino que habrá hecho alguna de las suyas...
—Para hacerle la justicia que merece, debo decir que la culpa no la tiene mi primo; pero él está acalorado, y como digo, nadie, á no ser mi tío, puede...
—Veamos, veamos.
—Por un lado hay un fraile capuchino que se ha puesto en guerra abierta con Rodrigo; y el negocio ha llegado á un punto que...
—¿Cuántas veces os he dicho al uno y al otro, que á los frailes es preciso dejarlos cocer en su pitanza? Bastante dan que hacer á quien debe... á quien toca... y al decir esto sopló. Mas vosotros que podéis evitar...
—Mi señor tío, me veo en la precisión de manifestaros, que si Rodrigo hubiese podido, lo hubiera evitado. Pero el fraile que se las ha con él se ha propuesto provocarle de todos modos...
—¿Qué diablo tiene que ver ese fraile con mi sobrino?