—En primer lugar, es una mala cabeza, conocido por tal, y que hace gala de apostárselas á los caballeros. Él protege, dirige, qué sé yo, una aldeanilla de por allá; y tiene por dicha criatura una caridad, una caridad... no digo interesada, sino muy celosa, sospechosa, quisquillosa.
—Entiendo, dijo el tío; y sobre cierto fondo de tontería pintado por la naturaleza en su semblante, velado y después cubierto con muchos baños de política, brilló un rayo de malicia, que era curiosísimo de ver.
—Sin embargo, hace algún tiempo, continuó Attilio, á dicho fraile se le ha metido en la cabeza que Rodrigo tenía yo no sé qué designios sobre aquella...
—¡Se le ha puesto en la cabeza, se le ha metido en la cabeza! Yo también conozco muy mucho al Sr. D. Rodrigo; y se requiere otro abogado que no sea vuestra señoría para justificarlo en estas materias.
—Señor tío, que Rodrigo pueda haber gastado alguna chanza con aquella criatura, encontrándola á su paso por la calle, no estaré lejos de creerlo; es joven, y por último no es capuchino; pero éstas son bagatelas con las cuales no se puede entretener el señor tío: el caso grave es, que el fraile se ha puesto á hablar de Rodrigo como si fuera de un villano, tratando de sublevar contra él á todo el país...
—¿Y los demás frailes?
—Los demás no se mezclan, porque lo conocen por un cabeza caliente, y respetan mucho á Rodrigo; pero por otro lado, ese fraile tiene un gran crédito entre los villanos, porque se hace el santo, y...
—Calculo que no sabe que Rodrigo es mi sobrino.
—¡Sí lo sabe! Esto es lo que contribuye á animarle más.
—¿Cómo, cómo?