—¿Qué... qué... qué? balbuceó el pobre cura sorprendido, con el rostro más desencajado y blanco que el lienzo cuando sale de la colada. Balbuceando unos sonidos confusos dió un salto de su sillón para lanzarse hacia la puerta; mas Renzo, que había esperado aquel movimiento, y estaba alerta, se precipitó antes que él, echó la llave y la guardó en el bolsillo.

—¡Oh, oh! Que queráis ó no, ahora hablaréis, señor cura. Todos saben mis negocios menos yo. ¡Por vida mía! yo quiero saberlos también. ¿Cómo se llama ese hombre?

—¡Renzo, Renzo! Por caridad: tened cuidado con lo que hacéis; pensad en vuestra alma.

—Lo que pienso es que lo quiero saber todo al punto, al instante.

Y al decir esto, puso las manos sin querer sobre el mango de su cuchillo, que salía de su faltriquera.

—¡Misericordia! exclamó D. Abundio con voz desfallecida.

—Quiero saberlo.

—¿Quién os ha dicho?...

—No, no más rodeos. Hablad claro y pronto.

—Pero si hablo, soy hombre muerto. ¿Acaso no ha de interesarme mi vida más que todo?