—Pues hablad.
Dicho pues, fué pronunciado con tal energía, el aspecto de Renzo llegó á ser tan amenazador, que D. Abundio no se atrevió á desobedecerle.
—¿Me prometéis, me juráis, dijo, de no hablar á nadie de ello, de no decir nunca?...
—Os prometo que haré un disparate si no me decís su nombre pronto, muy pronto.
Á esta nueva amenaza, D. Abundio con el semblante y la mirada del paciente que tiene en la boca las tenazas de un dentista, profirio con voz apagada: Don...
—¿Don? repitió Renzo, como para ayudar al desgraciado á decir el resto; y se tenía encorvado, con el oído inclinado sobre la boca de D. Abundio, extendidos los brazos y apretados los puños.
—¡D. Rodrigo! pronunció con presteza el cura, precipitando algunas sílabas y estrechando las consonantes, en parte á causa de su turbación, en parte porque disponiendo en aquel momento de la poca atención que quedaba libre á su espíritu, parecía querer retener y hacer retroceder la palabra en el momento mismo en que se veía forzado á que saliera.
—¡Ah perro! gritó Renzo. ¿Y cómo habéis hecho: qué le habéis dicho para?...
—¡Eh, eh! ¿Cómo, cómo pues? respondió con voz casi indignada D. Abundio, el cual, después de tan gran sacrificio, se figuraba en cierto modo ser ya acreedor del joven: “¡Cómo, eh! Yo hubiera querido que hubierais hecho vos el encuentro que hice: seguramente no os hubiera quedado tanto calor en el cerebro”. Y en esto se puso á pintar con terribles colores el fatal acontecimiento; y al seguir su narración, aumentándose por grados la cólera que sentía en su interior, y que hasta entonces había permanecido oculta y sujeta por el temor; viendo al mismo tiempo que Renzo, medio colérico y confuso estaba inmóvil con la cabeza baja, prosiguió vivamente: “¡Os habéis portado bien por cierto; me habéis hecho un gran servicio; violentar de este modo á un hombre de bien, á vuestro cura, y en su misma casa, en un lugar sagrado! ¡Habéis hecho una linda proeza! ¡Arrancarme de este modo vuestra pérdida y la mía, lo cual quería ocultaros por prudencia y por vuestro bien! Y ahora que ya lo sabéis, desearía saber qué vais á hacer... ¡Por Dios, no lo echéis á broma! No se trata de injusticia ó de razón, se trata de violencias cometidas; y cuando esta mañana os daba un buen consejo... ¡huy! en seguida os encolerizasteis. Yo conservaba el juicio por vos y por mí; pero cómo hacerlo... Abrid á lo menos, dadme la llave”.
—Puedo haber faltado, respondió Renzo, dirigiéndose á D. Abundio con acento más sosegado, pero en el cual se percibía el furor de que estaba poseído contra el ya descubierto enemigo; puedo haber faltado; mas meted la mano en vuestro pecho, y decidme si en mi lugar...