Así diciendo, sacó del bolsillo la llave y fué á abrir. D. Abundio lo siguió, y mientras aquél daba la vuelta á la citada llave, se le acercó, y con ademán grave y lleno de ansiedad, levantando los tres primeros dedos de la mano derecha á la altura de los ojos del joven, como para expresar más su concepto. “Jurad á lo menos...”, le dijo.

—Puedo haber faltado, y os pido mil perdones, contestó Renzo, abriendo la puerta y disponiéndose á salir.

—Jurad... replicó D. Abundio, cogiéndole con mano trémula el brazo.

—Puedo haber faltado, repitió Renzo, desprendiéndose de él; y partió furioso, cortando de este modo la cuestión, que á ejemplo de una de literatura ó de filosofía hubiera podido durar diez siglos, pues que ambas partes no hacían más que repetir sus argumentos.

—¡Perpetua, Perpetua! gritó D. Abundio, después de haber llamado en vano al fugitivo. Perpetua no respondió, y D. Abundio perdía ya la cabeza.

Muchas veces ha sucedido á personajes de más importancia que D. Abundio encontrarse en circunstancias difíciles, tan inciertos acerca del partido que deberían tomar, que acostarse con fiebre les parecía el medio de salir del aprieto. Dicho medio no hubo de ir á buscarlo, porque desde luego se le ocurrió á D. Abundio. El susto del día anterior, las angustias de una noche pasada en vela, el miedo que acababa de experimentar, la incertidumbre del porvenir, todo hizo su efecto. Apesadumbrado y aturdido, se arrojó en su sillón: empezó á sentir un horrible frío que se introducía hasta en la médula de sus huesos; se miraba las uñas suspirando, y llamaba de cuando en cuando con trémula é indignada voz: ¡Perpetua! Apareció ésta, por último, con una enorme col debajo del brazo, y con apacible semblante, como si nada hubiera pasado. Dejo á la consideración del lector los lamentos, llantos, acusaciones y defensas, los vos sois la única que puede haber hablado; los yo no he dicho nada; todos los incidentes, en fin, de aquella conversación. Baste decir que D. Abundio mandó á Perpetua que atrancase bien la puerta, que por ningún concepto la abriese; y si alguien venía á buscarle, que contestara, desde la ventana, que el cura estaba en la cama con calentura. Después subió la escalera lentamente, diciendo á cada tres escalones: “Estoy aviado;” y se metió de veras en la cama, donde le dejaremos.

Entretanto Renzo caminaba apresuradamente hacia su casa, sin haber determinado lo que debía hacer; pero iba reflexionando en su interior el poner en práctica alguna cosa extraña y terrible. Los provocadores, los malvados, todos aquellos que de algún modo dañan á otros, son culpables, no sólo del mal que causan, sino también de la corrupción, á la cual arrastran los ánimos de los ofendidos. Renzo era un muchacho pacífico y ajeno de derramar sangre, sincero y enemigo de toda clase de asechanzas, pero en aquel momento sólo respiraba venganza y traición, sólo proyectaba homicidios. Hubiera querido dirigirse incontinenti á la morada de D. Rodrigo, cogerle por la garganta y... pero recordó que su palacio era una fortaleza, guarnecida y guardada por bravos, interior y exteriormente; que sólo los íntimos amigos y los servidores, entraban allí sin ser registrados de la cabeza á los pies; que un infeliz artesano desconocido, no podría introducirse sin sufrir un minucioso examen, y que él sobre todo... sería, quizá, reconocido sin tardanza.

Optaba entonces por tomar su arcabuz, apostarse detrás de un matorral, y esperar á que su enemigo pasara solo por aquel sitio; y recreándose con feroz complacencia en estos pensamientos, le parecía oir el ruido de las pisadas de D. Rodrigo, creíale verle levantar dulcemente la cabeza, reconocía al malvado, preparaba el arma, tomaba la puntería, disparaba, lo veía caer y exhalar el último suspiro, le lanzaba una maldición, y se apresuraba á ganar la frontera para ponerse en salvo. Pero, ¿y Lucía? Apenas se presentó este nombre á su acalorada fantasía, cuando mejores sentimientos ocuparon el corazón de Renzo. Viniéronle á la memoria los postreros consejos de sus padres, se acordó de Dios, de la Virgen y de los santos: pensó en el consuelo que con frecuencia había hallado al verse inocente de todo crimen, y el horror que tantas veces le había inspirado la narración de un asesinato; y despertó de aquel sueño de sangre con espanto, con remordimientos, y al propio tiempo con una especie de alegría de haberlo tan sólo imaginado. ¡Pero cuántos pensamientos venían en pos de la imagen de Lucía! ¡Tantas esperanzas y tantas promesas marchitadas, un porvenir tan deseado y que tan seguro creía en aquel tan suspirado día! ¿Cómo anunciarle aquella nueva? No sabía qué partido tomar, ni cómo hacerla su esposa á pesar de cuanto intentaba el poder de aquel injusto magnate. Y en medio de tantas angustias, vino á aumentar su congoja una vana inquietud de celos. D. Rodrigo no podía haber urdido aquella infernal trama sino impelido por una brutal pasión hacia Lucía. ¿Y Lucía? La idea de que le hubiese correspondido, de que le hubiese dado la más pequeña esperanza, no podía tener cabida un solo instante en la mente de Renzo. ¿Pero sabía su amada la pasión que había inspirado? ¿Había podido aquel hombre concebir tan infame amor, sin darlo á conocer al envidiado objeto? ¡Y sin embargo, Lucía no me ha dicho una palabra á mí que soy su prometido!

Absorto en estas ideas, pasó sin detenerse por delante de su casa, situada en el centro del pueblo; y habiéndola atravesado, llegó á la de Lucía, que estaba en el extremo opuesto. Había enfrente de esta casa un pequeño patio cercado de una tapia que lo separaba de la calle. Renzo entró en él y oyó un murmullo confuso y continuo que salía del piso superior. Juzgó que serían las amigas y comadres del vecindario que querían acompañar á Lucía, y se detuvo allí, pues no quería presentarse en aquella reunión con el semblante inmutado y con tan desagradable nueva en su ser. Una niña que se hallaba en el patio, corrio gritando: ¡El novio, el novio!

—Paz, Bettina, paz, dijo Renzo; ven acá, niña mía: sube á la habitación de Lucía, llámala aparte y dile al oído... pero que nadie lo oiga ni sospeche, nada, ¿entiendes?... Dile que tengo que hablarla, que la aguardo en la sala del entresuelo, y que venga al instante.