La niña subió la escalera á toda prisa, alegre y orgullosa de llevar una comisión secreta.
En aquel momento su madre acabó de vestirla y salió á la sala para saludar á sus amigas, adornada con sus últimas galas virginales.
Sus buenas amigas se disputaban la posesión de la novia, y la violentaban casi para que se dejara examinar de los pies á la cabeza: ésta se esquivaba con la modestia algo tosca de las aldeanas, ocultando su rostro con el brazo, inclinándolo sobre su seno, y frunciendo sus pobladas y negras cejas, mientras que su boca se entreabría risueña. Sus negros cabellos, que una blanca raya dividía sobre su frente, se juntaban detrás de su cabeza formando ondulantes trenzas, atravesados por largas agujas de plata que dibujaban un círculo á manera de los rayos de una aureola; peinado que usan todavía las aldeanas del Milanesado. Adornaba su garganta un collar de granate con botones de oro afiligranado: cerraba su delicada cintura un corpiño de vistoso brocado con mangas abiertas que preciosos lazos de cinta podían cerrar; unas enaguas de seda labrada, adornada con varios y menudos pliegues; medias encarnadas y chinelas bordadas. Éste era el adorno especial del día de boda; pero Lucía ostentaba también el que le era habitual: era éste una belleza modesta, realzada y aumentada entonces por los diversos sentimientos que se pintaban en su rostro; una alegría moderada por una ligera turbación, y aquella dulce inquietud que se manifiesta de vez en cuando en el semblante de las novias, que sin disminuir su hermosura las da un carácter particular. La pequeña Bettina se abrió paso por entre las comadres que rodeaban á Lucía; se acercó á ésta; la dió á entender con disimulo que tenía que comunicarle cierta cosa, y la manifestó al oído el mensaje que traía. “Me voy un momento, y vuelvo”, dijo Lucía á las amigas, y bajó precipitadamente. Al ver el demudado semblante é inquieto ademán de Renzo,—¿qué ha sucedido? dijo, no sin cierto presentimiento de terror.
—Lucía, respondió Renzo, por hoy todo ha fracasado; y, ¡Dios sabe cuándo podremos ser marido y mujer!
—¿Qué decís? replicó Lucía llena de turbación. Renzo le contó brevemente la historia de aquella mañana: ella escuchaba con angustia; y cuando oyó el nombre de D. Rodrigo, ¡ah! exclamó, trémula y ruborosa: ¡Cómo, hasta ese punto ha llegado!
—Pues qué, ¿sabíais ya?... dijo Renzo.
—¡Demasiado! respondió Lucía; pero, ¡hasta ese punto!
—¿Qué es lo qué sabéis?
—No me hagáis hablar ahora; no me hagáis llorar. Corro á buscar á mi madre y despedir á nuestras amigas: es necesario que quedemos solos.
Al ir á marcharse Lucía, Renzo murmuró: “¡Jamás me habéis dicho nada acerca de esto!”.