—¡Ah, Renzo! repuso aquélla volviéndose un momento hacia él, pero sin detenerse. Renzo comprendió perfectamente que su nombre, pronunciado por Lucía en aquel instante, con aquel tono, quería decir: ¿Podéis dudar que yo haya callado sin tener motivos justos y puros para ello?

Entretanto la buena Inés (así se llamaba la madre de Lucía), habiendo entrado en sospechas y curiosidad por las palabras que Bettina dijo al oído de su hija, y la desaparición instantánea de ésta, había bajado á ver lo que ocurría. Lucía la dejó con Renzo, y se dirigió adonde estaban sus compañeras, y componiendo como mejor pudo su aspecto y su voz, dijo: “El señor cura está enfermo, por lo que nada se hará hoy”; dicho esto, las saludó apresuradamente, y volvió á bajar.

Las convidadas se dispersaron y fueron á contar lo sucedido: dos ó tres se dirigieron á casa del cura, para cerciorarse si éste realmente estaba enfermo.—Tiene un gran calenturón, respondió Perpetua, desde la ventana; y la triste noticia, pasando de unas á otras, destruyó las conjeturas que germinaban en sus cabezas, y que ya habían empezado á propagar con aire misterioso.

NOTAS:

[2] Nada es más amargo y cruel que el momento de despertar cuando sucede después de haber sufrido una pena que aún no hemos podido calmar. El espíritu, apenas vuelto en sí quiere anudar el curso de las ideas de su tranquila vida anterior; pero la conciencia del nuevo estado de cosas ahuyenta éstas, nos presenta otras, y esto cambia la pena en más cruel.

CAPÍTULO TERCERO

Lucía entró en la sala baja, en donde mientras tanto Renzo, mortalmente afligido, estaba informando á Inés de todo lo ocurrido, la cual lo escuchaba con la mayor inquietud. Ambos se volvieron, á mirar á la que estaba mejor informada que ellos, y de quien esperaban una aclaración que no podía dejar de ser sumamente dolorosa. Los dos dejaban entrever en medio de su pesadumbre y con el distinto cariño que cada uno profesaba á Lucía, cierta incomodidad por haberles callado ésta tales y tales cosas. Inés, aunque ansiosa de oir hablar á su hija, no pudo menos de echárselo en cara: “¡No decir nada á tu madre de semejante cosa!”.

—Ahora os lo diré todo, respondió Lucía, enjugándose los ojos con su delantal.

—¡Habla, habla! ¡Hablad, hablad!, gritaron á la vez la madre y el novio.

—¡Virgen Santísima!, exclamó Lucía. ¡Quién hubiera creído que las cosas podían llegar á semejante extremo! En seguida, con la voz entrecortada por los sollozos, contó cómo pocos días antes, cuando volvía del trabajo, se había quedado detrás de sus compañeras, y pasó por delante de ella D. Rodrigo, en compañía de otro señor; que aquél se había acercado á prodigarla una multitud de requiebros (según decía Lucía) de muy mal género; pero ésta, sin prestarle atención, había apretado el paso y reunídose con sus citadas compañeras; que entretanto había oído al otro señor reir estrepitosamente, y á D. Rodrigo decir: “Apostemos”. Al día siguiente los había vuelto á encontrar; pero Lucía iba con los ojos bajos en medio de sus compañeras. El amigo de D. Rodrigo se mofaba, y éste decía: “Lo veremos, lo veremos”. Gracias al cielo, continuó Lucía, aquel día era el último en que se hilaba la seda. Yo lo conté en seguida...