—¿Á quién se lo has contado?, preguntó Inés, interrumpiéndola, no sin manifestarse un tanto enojada al tratar de saber el nombre del preferido confidente.
—Al padre Cristóbal bajo confesión, mamá, respondió Lucía con dulce acento de disculpa. Se lo referí todo la última vez que fuimos juntas á la iglesia del convento; y si queréis recordar aquella mañana, yo no dejaba de hacer, ya una cosa, ya otra, para ganar tiempo, tanto para que pasasen otras gentes del país que hiciesen el mismo camino é ir en su compañía, cuanto porque después de aquel encuentro, las calles me causan un miedo tan grande...
Al respetable nombre del padre Cristóbal, el enojo de Inés se apaciguó: “Has hecho bien, dijo; mas ¿por qué no confiárselo también á tu madre?”.
Lucía había tenido dos justas razones: la una, el no afligir y asustar á la pobre mujer con un asunto al cual ella no hubiera podido hallar remedio; la otra, no correr el riesgo de ver pasar de boca en boca una historia que deseaba sepultar en su interior para siempre, tanto más, cuanto que esperaba que su casamiento pondría término desde luego á aquella abominable persecución. Sin embargo, de las dos razones citadas, no alegó más que la primera.
—Y á vos, dijo en seguida, volviéndose á Renzo, con aquel tono que quiere hacer reconocer á un amigo que ha obrado mal: “¿Debía yo también hablaros de esto? ¡Demasiado lo sabéis ahora!”.
—¿Y qué te ha dicho el padre?, preguntó Inés.
—Me ha dicho que tratase de apresurar la boda todo lo posible, y que mientras, me estuviese encerrada; que rogase fervientemente al Señor, esperando que aquel hombre, no viéndome, no se acordaría más de mí. Entonces fué cuando yo me violenté, prosiguió, volviéndose de nuevo á Renzo, pero sin atreverse á levantar los ojos, y en extremo ruborizada; entonces fué cuando con la mayor impudencia os supliqué que apresuraseis nuestro casamiento y lo concluyeseis antes del tiempo prefijado. ¡Qué concepto habréis formado de mí! Mas yo lo hacía con la mejor intención, y porque me lo habían aconsejado, y lo tenía por cierto!... Esta mañana estaba tan lejos de pensar... Aquí sus palabras fueron ahogadas por un copioso raudal de lágrimas.
—¡Ah malvado! ¡Ah maldito asesino!, gritaba Renzo, recorriendo la estancia de un lado á otro, y apretando el mango de su cuchillo.
—¡Oh qué maquinación, santo Dios!, exclamaba Inés.
El mancebo se paró de improviso delante de Lucía, que estaba anegada en llanto, la miró con cierto aire de ternura mezclada de rabia, y la dijo: Ésta es la última que hace ese asesino.