—¡Ah, no Renzo, por el amor de Dios!, gritó Lucía. ¡No, no, por el amor de Dios! El señor protege á los desgraciados; ¿y cómo queréis que él nos ayude si obramos mal?

—¡No, no, por el amor del cielo!, repetía Inés.

—Renzo, dijo Lucía con aire de confianza y resolución más tranquila: vos tenéis un oficio, y yo sé trabajar; vámonos tan lejos, que ese hombre no oiga hablar jamás de nosotros.

—¡Ah, Lucía! ¿Y luego? ¡No somos aún marido y mujer! ¿El cura querrá dar fe de nuestro estado? ¿un hombre como él? Si estuviéramos casados, ¡oh! entonces...

Lucía echó de nuevo á llorar: los tres quedaron en silencio y en un abatimiento que formaba un triste contraste con la pompa festiva de sus vestidos.

—Escuchadme, hijos míos; prestadme atención, dijo Inés después de un breve rato. Yo he venido al mundo primeramente que vosotros, y por lo tanto le conozco un poco. No es necesario, pues, alarmarse tanto; no es tan fiero el león como lo pintan, á nosotros los pobres, las madejas nos parecen siempre mas enredadas, porque no sabemos encontrar el cabo; mas á veces un aviso, la más pequeña palabra de un hombre que ha estudiado... yo bien sé lo que quiero decir. Hacedlo á mi modo, Renzo: id á Lecco, y allí buscad al doctor Azzecca Garbugli, y referidle... pero por Dios no le llaméis así; es un apodo: es preciso decirle el señor doctor... ¿Cómo, pues, se llama?... ¡Ah, vaya!... No sé su verdadero nombre: todo el mundo lo llama de ese modo. Bastará que preguntéis por un doctor alto, enjuto, calvo, con la nariz colorada y un antojo de frambuesa en la mejilla.

—Lo conozco de vista, dijo Renzo.

—Bien, continuó Inés; él es un grande hombre. Yo he visto á más de uno, que estaba más embarazado que un polluelo dentro de la estopa, no sabiendo hacia qué lado volverse, y después de haberse avistado con el doctor Azzecca-Garbugli (tened cuidado de no llamarle así); lo he visto, repito, no hacer otra cosa más que reírse. Tomad aquellos cuatro capones, ¡pobrecitos!, á los cuales debía yo retorcer el pescuezo para el banquete del domingo, y llevádselos; porque nunca es bueno ir con las manos vacías á las casas de esos señores. Contadle todo lo ocurrido, y veréis cómo él os dirá de buen grado lo que nosotros no hubiéramos calculado, ni se nos habría ocurrido, en un año.

Renzo estimó mucho aquel parecer; Lucía lo aprobó: é Inés, orgullosa de haberlo dado, cogió del gallinero uno á uno á los pobres animales, reunió sus ocho patas, como si hiciese un ramillete de flores, las envolvió y ató con un bramante, y los puso en la mano de Renzo, el cual, después de haber dado y recibido palabras de esperanza, salió por la parte del jardín con el objeto de no ser visto de los muchachos, que hubieran corrido tras él, gritando: “¡el novio, el novio!”. Se lanzó á través de los campos y veredas, lleno de cólera, pensando en su desgracia, y meditando en la conversación que iba á tener con el Dr. Azzecca-Garbugli. Dejo á la consideración del lector, cuán poco tranquilo hubo de ser el camino para aquellos pobres animales, de tal modo atados y cogidos por las patas, boca abajo, en las manos de un hombre que, agitado de tantas pasiones, acompañaba con el gesto los pensamientos que pasaban tumultuosamente por su imaginación. Ora extendía el brazo, dominado por la cólera; ora lo levantaba por la desesperación; ora lo sacudía en el aire como por amenaza, y hacía saltar aquellas cuatro cabezas suspendidas, las cuales, entre tanto, se entretenían en picarse mutuamente, según sucede con frecuencia entre tales compañeros de infortunio.

Habiendo llegado al pueblo, preguntó por la morada del doctor; fuéle indicada, y se dirigió á ella. Al entrar se sintió sobrecogido de aquella timidez que la gente del pueblo poco instruida experimenta en presencia de un señor y de un sabio. Olvidó todos los discursos que llevaba preparados de antemano; pero dió una ojeada á los capones y se serenó. Entró en la cocina y preguntó á la criada si se podía hablar al señor doctor: ella atisbó los animales, y como estaba acostumbrada á semejantes regalos, les echó la mano encima, aunque Renzo se hacía para atrás, porque quería que el doctor viera y supiese que le llevaba algo. Éste llegó en el momento mismo en que la sirvienta decía: “Traed y pasad adelante”.