Renzo hizo una grande reverencia; el doctor lo acogió bondadosamente con un “venid, hijo mío”, y lo hizo entrar consigo en su despacho. Era una pequeña estancia, en la cual en tres de sus paredes se veían colocados los retratos de los doce césares; la cuarta estaba cubierta con un enorme estante lleno de libros viejos y empolvados, en el centro una mesa atestada de alegaciones, súplicas, folletos, ordenanzas, con tres ó cuatros sitiales alrededor, y en un lado un sillón de brazos, de alto y cuadrado respaldo, terminado en los ángulos por dos adornos de madera, que se prolongaban en forma de cuernos, cubierto de vaqueta salpicada de gruesas tachuelas, algunas de las cuales, caídas ya desde largo tiempo, la dejaban en completa libertad para que se arrollase por todas partes. El doctor vestía el traje que se usaba en los tribunales; esto es, una toga muy raída que ya le había servido muchos años atrás para perorar en los días solemnes, cuando iba á Milán á defender alguna causa de importancia. Cerró la puerta, y animó al mancebo con estas palabras: “Hijo mío, referidme vuestro negocio”.

—Quisiera deciros una cosa en confianza.

—Ya os escucho, respondió el doctor, hablad. Y se acomodó en su sillón. Renzo, de pie delante de la mesa, puesta una mano en la copa del sombrero, y con la otra haciéndole dar vueltas, replicó: Yo quisiera saber de vos, caballero, que habéis estudiado...

—Contadme el hecho tal cual es, interrumpióle el doctor.

—Es indispensable que me disculpéis; nosotros los pobres no sabemos hablar bien. Yo quisiera, pues, saber...

—¡Benditas gentes! todos sois lo mismo; en vez de referir el hecho, queréis interrogar, porque ya tenéis en la imaginación vuestro designio.

—Disculpadme, señor doctor. Querría saber si uno puede ser castigado por amenazar á un cura que rehúsa el verificar un casamiento.

—Ya entiendo, dijo el doctor: en verdad, nada había comprendido; ya entiendo. Y de pronto se puso serio, pero con una seriedad mezclada de compasión é interés: apretó fuertemente los labios, dejando oir un sonido inarticulado, expresión de un sentimiento que demostró más claramente por sus primeras palabras: “Éste es un caso grave, hijo mío; un caso previsto. Habéis hecho bien en venir á mí; es un caso muy claro, y previsto en cien ordenanzas, y... á propósito, en una del año último del señor gobernador actual; ahora os la haré ver y tocar con vuestra propia mano”.

Así diciendo, se levantó del sillón, y sepultó las manos en aquel caos de papelotes, revolviéndolos de arriba abajo, como si echase grano en una medida.

—¿Dónde está, pues? ¡Sal, sal! Ya se ve, tiene uno tantas cosas en qué pensar. Pero seguramente debe estar allí, porque es una ordenanza muy importante. ¡Ah! ¡Hela aquí, hela aquí! La tomó, abrió y miró la fecha; y habiéndose puesto aún más serio, exclamó: “Del 15 de octubre de 1627: ciertamente, es del año pasado; ordenanza reciente; son las que dan más que hacer. Hijo mío, ¿sabéis leer?”.