Para comprender el sentido de esta salida del doctor, es preciso saber ó acordarse de que en aquel tiempo los bravos de profesión y los malvados de todas clases acostumbraban llevar un largo tupé, que se echaban luego á la cara como una visera en el momento de atacar á alguno, en el caso de que no quisiesen ser conocidos, y la empresa fuese de aquéllas que requieren fuerza y al propio tiempo prudencia.
Las ordenanzas tampoco habían guardado silencio sobre este punto. S. E. (el marqués de la Hinojosa) ordena: Que cualquiera que lleve los cabellos de tal longitud, que cubran la frente hasta las cejas inclusive, ó la red hasta las orejas, ó que pase de ellas, incurrirá en una multa de trescientos escudos; y en caso de insolvencia, de tres años á galeras por la primera vez; y por la segunda, á más de la pena mencionada á una aún mayor pecuniaria y corporal al arbitrio de S. E.
Sin embargo, se permite al que con motivo de ser calvo, ó por otra razonable causa, como por señal ó herida, pueda, para su mayor decoro y salud llevar los cabellos tan largos como sea preciso para cubrir semejantes defectos, y nada más, con el bien entendido que no se excedan un ápice de lo estrictamente preciso, y de lo que está prevenido, so pena de incurrir en el castigo impuesto á los demás contraventores.
Igualmente manda á los barberos, bajo la multa de cien escudos, ó de tres carreras de azotes dados en la plaza pública, y aun mayor pena corporal, siempre al arbitrio de S. E., que no dejen á aquellos á quienes corten el pelo ninguna clase de trenzas, tupés, rizos ni cabellos más largos que lo de ordinario, así en la frente como á los lados, ni más bajo de las orejas, teniendo cuidado que estén todos iguales, exceptuando los calvos y otros defectuosos, según va dicho anteriormente.
El tupé era, pues, casi como una parte de la armadura y un distintivo de los matones y gentes de mal vivir; y de ahí el origen de llamárseles ciuffo. Esta palabra ha quedado y subsiste todavía en la significación más reducida en el dialecto; y acaso no habrá ningún milanés que no se acuerde de haber oído decir en su niñez, bien á sus padres ó al maestro, ya á algún amigo de la casa, ó por último á algún criado: es un ciuffo, un pequeño ciuffo.
—En verdad, yo, pobre muchacho, repuso Renzo, puedo jurar que jamás he llevado tupé.
—Nada hacemos, replicó el doctor, meneando la cabeza con una sonrisa entre maliciosa é impaciente. Si no tenéis confianza en mí, nada hacemos. Mirad, hijo mío: el que no dice la verdad al doctor es un imbécil, que la dirá al juez. Es preciso que al abogado se le cuenten las cosas como son en sí; á nosotros toca después el embrollarlas. Si queréis que yo os ayude, es absolutamente indispensable que me lo digáis todo, desde el principio hasta el fin, como si dijéramos, con el corazón en la mano, del mismo modo que al confesor. Debéis nombrarme la persona de la cual habéis recibido el mandato: naturalmente será de importancia; y en este caso me personaré con él, y haré lo que deba hacerse. No le diré: mirad que yo sé que habéis mandado tal cosa; decidme si es cierto. Le manifestaré que voy á implorar su protección á favor de un infeliz mancebo calumniado, y tomaré con él las oportunas medidas para concluir el negocio honrosamente. Tened entendido que salvándose él, os salvará á vos también. Mas si esta pequeña travesura fuese exclusivamente vuestra, ¡bah! no me vuelvo atrás; de otros peores embrollos he salido bien... Porque entendámonos: con tal de que no hayáis ofendido á ninguna persona de categoría, me empeño en sacaros del atolladero, mediante un pequeño gasto; es necesario que nos entendamos bien. En primer lugar debéis decirme quién es el ofendido, y cómo se llama; en segundo, la posición, cualidad y carácter del protector, y entonces se verá si conviene tener á raya al que ofende, amenazándole con el que protege, ó buscando de cualquier modo el atacarle criminalmente; porque, mirad, para el que conoce y sabe manejar bien las ordenanzas, ninguno es culpable; y tampoco ninguno es inocente. Con respecto al cura, si es persona de juicio, él se estará quieto; si fuese un mala cabeza, tengo yo un buen remedio para curarle. Se puede salir bien de todas las intrigas, pero es preciso ser hombre capaz para ello; y vuestro caso es serio, serio repito, y muy serio. La ordenanza está clara; y si la cosa ha de decidirse entre la justicia y vos, así, entre cuatro ojos, ya estáis fresco. Yo os hablo como amigo: las travesuras es necesario pagarlas. Si queréis salir purificado, es indispensable dinero y sinceridad, tener confianza en el que bien os quiere, obedecer y seguir en un todo aquello que se os prescriba.
Mientras el doctor hablaba de aquel modo, Renzo, estático, lo estaba mirando atentamente de la misma manera que un rústico contempla en la plaza á un jugador de manos, que después de haber escondido en su boca estopa y más estopa, empieza á sacar de ella cintas, cintas, y más cintas, siendo cosa de nunca acabar. Sin embargo, cuando hubo comprendido bien lo que el doctor quería decir, y en qué sentido tan equivocado lo había tomado, le cortó la cinta en la boca, diciendo: “¡Oh, señor doctor! ¿de qué modo lo habéis entendido? ello es precisamente todo al revés. Yo no he amenazado á nadie; yo no hago tales cosas: preguntad más bien á todo mi lugar, y veréis cómo se os dirá, que yo jamás he tenido que hacer con la justicia. La bribonada ha sido hecha á mí, y vengo á saber de vos qué es lo que he de hacer para obtener justicia, estando muy satisfecho de haber visto esa ordenanza”.
—¡Diablo! exclamó el doctor, abriendo sobremanera los ojos. ¿Qué galimatías me hacéis? Todos sois por el mismo estilo. ¿Es posible que no sepáis jamás decir las cosas claras?
—Perdonad, vos no me habéis dado tiempo; ahora os lo contaré como ello es en sí. Sabed, pues, que yo debía casarme hoy; y aquí la voz de Renzo se conmovió: debía casarme con una joven con la cual llevaba relaciones amorosas desde fines del verano, y hoy, como digo, era el día fijado por el señor cura, y todo estaba dispuesto. Mas he aquí que éste empieza á proponer ciertas excusas... Basta; por no ser molesto: yo le he hecho hablar claro, como era justo, y me ha confesado que se le había prohibido, bajo pena de la vida, el hacer este casamiento. ¡Ese prepotente de D. Rodrigo!...