—El señor cura está enfermo, y ha sido preciso diferirla, repuso con prontitud la mujer. Si Lucía no la hubiese hecho aquella señal, la respuesta habría sido probablemente distinta. ¿Y cómo va de colecta? añadió en seguida para variar de conversación.

—No muy bien, buena señora, no muy bien; aquí está toda. Y esto diciendo, se quitó las alforjas del hombro, y las hizo saltar entre sus dos manos. Aquí está toda, y para reunir esta gran abundancia, he tenido que tocar á diez puertas.

—Pero el año es escaso, Fr. Galdino, y cuando tiene que haber medida en el pan, no se puede alargar la mano en lo demás.

—Y para hacer volver el buen tiempo, ¿qué remedio hay, señora mía? La limosna. ¿Tenéis noticia del milagro de las nueces, que tuvo lugar hace ya muchos años en nuestro convento de la Romaña?

—No, en verdad; contádmelo.

—¡Oh! Pues debéis saber que en dicho convento había un padre, el cual era un santo, y se llamaba el padre Macario. Un día de invierno, pasando por una pequeña senda practicada en medio del campo de un bienhechor nuestro, tan hombre de bien como el mismo padre Macario, vió éste al citado bienhechor cerca de un gran nogal de su propiedad, y á cuatro aldeanos que con el hacha levantada empezaban á excavar el pie para poner las raíces al sol.—“¿Qué hacéis á este pobre árbol? preguntó el padre Macario.—¡Ay padre! hay una porción de años que no me quiere dar nueces; por lo tanto, yo hago leña de él.—Dejadlo estar, dijo el padre: sabed que este año dará más nueces que hojas”. El bienhechor, que conocía muy bien al que acababa de pronunciar las anteriores palabras, ordenó prontamente á los trabajadores que echasen de nuevo la tierra sobre las raíces, y habiendo llamado al padre, que continuaba su camino,—“Padre Macario, le dice: la mitad de la cosecha será para el convento”. Se esparció la voz de semejante pronóstico, y todos corrían á ver el nogal. En efecto, llegada la primavera echó flores con fuerza, y á su debido tiempo nueces, pero nueces en grande. El honrado bienhechor no tuvo el consuelo de varearlo, porque antes de la recolección fué á recibir el premio de su caridad. Mas el milagro fué mucho mayor, según vais á oir. Aquel digno hombre había dejado un hijo, cuyas cualidades eran bien diferentes de las suyas. Estando ya en la época de la recolección, el hermano mendicante fué á recoger la mitad que era debida al convento; pero el hijo, fingiendo la mayor extrañeza, tuvo la temeridad de responder que jamás había oído decir que los capuchinos supiesen hacer nueces. Ahora bien: ¿pues sabéis lo que sucedió? Cierto día (atended bien á esto), el libertino había invitado á varios de sus amigos de la misma calaña que él: y en medio de la francachela que tenían, les contaba la historia de las nueces, burlándose á su sabor de los frailes. Aquellos imprudentes jovenzuelos tuvieron deseos de ir á ver una tan enorme porción de nueces, y él los condujo al granero. Mas oíd bien: abre él la puerta, se dirige al rincón en donde estaba colocado el gran montón, y mientras dice mirad, mira él mismo, y ve... ¿qué es lo que ve? un bello montón de hojas secas de nogal. ¿No fué esto un magnífico ejemplar? Y el convento, en vez de perder con eso ganó mucho; porque después de tan gran suceso, los donativos de las nueces rendían tanto y tanto, que un bienhechor, movido á compasión hacia el hermano mendicante, tuvo la caridad de regalar un asno al convento, con el objeto de ayudar á dicho hermano á conducirlas al mismo. Además, se hacía con ellas tanto aceite, que todos los pobres iban á buscar según sus necesidades; porque nosotros somos como el mar, que recibe agua de todas partes para volver á distribuirla luego á todos los ríos.

En esto volvió á aparecer Lucía con el delantal tan lleno de nueces, que con trabajo podía soportar su peso, sosteniendo en alto ambos extremos con los brazos extendidos y separados; mientras que el hermano Galdino se quitaba de nuevo las alforjas del hombro, las hacía descansar en el suelo, y ponía expedita la abertura para introducir la abundante limosna. La madre miró á Lucía con semblante atónito y severo á la vez por su prodigalidad; pero esta última le echó una ojeada que quería significar, yo me justificaré. Fr. Galdino se deshizo en elogios, promesas y favorables predicciones, manifestándose sumamente agradecido; y volviendo á colocar las alforjas en su lugar, iba á partir; mas Lucía, llamándole de nuevo le dice: “Quisiera que me hicieseis un favor: desearía que dijeseis al padre Cristóbal que tengo gran necesidad de hablarle, y que haga la caridad de venir á nuestra humilde casa, pronto, pronto; porque á nosotras no nos es posible ir á la iglesia”.

—¿No queréis otra cosa? No se pasará una hora sin que el padre Cristóbal sepa vuestro deseo.

—Cuento con ello.

—No lo dudéis: y dicho esto se fué un poco más encorvado y más contento de lo que había venido.