Al ver que una pobre muchacha mandaba llamar con tanta confianza al padre Cristóbal y que el mendicante aceptaba la comisión sin maravilla y sin dificultad, no se juzgue por esto que dicho padre Cristóbal fuese un fraile adocenado, una persona despreciable; todo lo contrario, era un hombre que ejercía mucha influencia entre los suyos y en todo el contorno; pero era tal la condición de los capuchinos, que para ellos nadie había ni demasiado bajo, ni demasiado elevado. Servir á la clase ínfima y hacerse servir por los poderosos; entrar en los palacios y en las chozas con el mismo continente de modestia y seguridad; ser tal vez en una misma casa un objeto de pasatiempo, á la par que un personaje sin el cual nada se decida; pedir limosna por todas partes y hacerla á todos los que iban á pedirla al convento; á todo esto estaba acostumbrado un capuchino. Viajando, podía igualmente tropezar con un príncipe que le besase reverentemente la punta del cordón, ó con una cuadrilla de pilluelos que fingiendo reñir entre sí le salpicasen de barro la barba. La palabra fraile era pronunciada en aquella época con el mayor respeto y con el más amargo desprecio: y los capuchinos, acaso más que los de ninguna otra orden, eran objeto de dos contrarios sentimientos, y experimentaban las dos opuestas fortunas; porque no poseyendo nada, revestidos de hábitos más extraños y distintos que de ordinario, y haciendo más abierta profesión de humildad, se exponían más de cerca á la veneración y al vilipendio que estas cosas pueden inspirar á los hombres, según la diversidad de su carácter ó su modo de pensar.

Habiendo partido Fr. Galdino, Inés exclamó: “¡Tantísimas nueces en un año como éste!”.

—Mamá, perdonadme, respondió Lucía; mas si hubiésemos hecho una limosna como las de costumbre, ¡Dios sabe cuántas vueltas hubiera tenido que dar Fr. Galdino antes de llenar las alforjas; Dios sabe cuándo habría vuelto al convento, y con los cuentecillos que hubiera referido ó escuchado, Dios sabe si él se habría acordado!...

—Has pensado muy bien; y luego que toda caridad trae siempre buen fruto, dijo Inés, la cual, á pesar de sus defectillos, era una excelente mujer, y se hubiera, según vulgarmente se dice, arrojado al fuego por su única hija en quien tenía puesto todo su cariño.

En esto llegó Renzo, y entrando con semblante mortificado á la par que de despecho, echó los capones sobre una mesa: ésta fué la última vicisitud de aquellos pobres animales por aquel día.

—¡Qué hermoso consejo me habéis dado! dijo á Inés; ¡me habéis mandado á casa de bellísimo sujeto, de uno que ayuda verdaderamente á los infelices! Esto dicho, refirió su entrevista con el doctor. La mujer, estupefacta de tan triste resultado, quería meterse á demostrar que el consejo sin embargo era bueno, y que Renzo no debía haber sabido expresarse; mas Lucía interrumpió esa cuestión, anunciando que esperaba haber encontrado un auxilio mejor. Renzo acogió todavía esta esperanza, como acontece á los que están en el mayor embarazo y aflicción.—Mas si el padre, dijo él, no halla algún medio, yo le hallaré de un modo ú de otro. Las mujeres le aconsejaron que tuviese prudencia, calma y paciencia.—Mañana, dijo Lucía, vendrá seguramente el padre Cristóbal, y veréis cómo encontrará algún remedio de aquellos que nosotros ni siquiera podemos imaginar.

—Así lo espero, dijo Renzo; mas en todo caso sabré hacerme razón, ó declarármela por otros. En este mundo, ésta es finalmente la justicia.

Con tan dolorosos discursos, y con tantas idas y venidas, según va referido, se había pasado el día, y empezaba ya á oscurecer.

—Buenas noches, dijo tristemente Lucía á Renzo, el cual no sabía resolverse á marchar.

—Buenas noches, respondió éste con más tristeza todavía.