—Con gentes como vos é iguales vuestros, siempre la llevo yo.
—Si la arrogancia de los vuestros fuese una ley para los míos...
Los bravos del uno y del otro bando, permanecían como clavados, cada uno detrás de su amo, mirándose de reojo, con las manos puestas en las dagas y preparados al combate. La gente que llegaba ya por un lado, ya por otro, se mantenía á cierta distancia para observar el suceso, y la presencia de estos espectadores animaba siempre más el amor propio de los contendientes.
—Al arroyo, artesano vil, ó yo te enseñaré del modo que se trata á los nobles.
—Vos mentís llamándome vil.
—Tú eres el que mientes, diciendo que yo he mentido. (Esta respuesta era de pragmática.) Y si tú fueses caballero como yo, añadió el señor, te haría ver con la espada que tú has sido el que has mentido.
—He aquí un buen pretexto para dispensarse de sostener con hechos la insolencia de vuestras palabras.
—Arrojad al fango á ese bribón, dijo el noble volviéndose á los suyos.
—¡Veámoslo! dijo Ludovico, dando de pronto un paso atrás y echando mano á la espada.
—¡Temerario! gritó el otro desenvainando la suya; la haré mil pedazos cuando esté manchada con tu vil sangre.