En esto se lanzaron uno hacia otro; los servidores de ambas partes se arrojaron á la defensa de sus respectivos dueños. El combate era desigual, ya por el número, ya porque Ludovico trataba más bien de parar los golpes y desarmar al enemigo que de matarlo; pero éste quería su muerte á toda costa. Ludovico había ya recibido en el brazo izquierdo una puñalada dada por un bravo, y un ligero rasguño en una mejilla; su principal adversario se lanzaba con furia sobre él con el objeto de concluir de una vez, cuando Cristóbal, viendo á su señor en tan extremado peligro, fué con el puñal á coger al noble por detrás. Éste volvió toda su ira contra aquél, y le pasó de parte á parte con su espada. Al ver Ludovico aquello, se puso fuera de sí, y hundió la suya en el vientre del provocador, el cual cayó moribundo casi al mismo tiempo que el pobre Cristóbal. Los bravos del noble, viendo que todo estaba concluido, emprendieron la fuga en muy mal estado; los de Ludovico, afrentados y acuchillados también, no teniendo ya con quién habérselas, y no queriendo hallarse envueltos por los espectadores que acudían al campo de batalla, se deslizaron por otro lado, y Ludovico se encontró solo, con aquellos dos funestos compañeros á sus pies, en medio de una muchedumbre inmensa.

—¿Cómo ha sido esto?—Es uno.—Son dos.—Le ha hecho un ojal en el vientre.—¿Quién ha sido muerto?—El prepotente.—¡Oh, Santa María, qué fracaso!—Quien busca halla.—Una las paga todas.—También él ha tenido su fin.—¡Qué golpe!—¡Esto es un negocio muy serio!—¿Y aquel otro desgraciado?—¡Misericordia, qué espectáculo!—¡Salvadlo, salvadlo!—¡También está bien aviado!—¡Miradlo qué maltrado; arroja sangre por todas partes!—Escapaos, escapaos; no os dejéis prender.

Estas palabras, que dominaban todas las demás y se oían á través del confuso ruido de la muchedumbre, expresaban el voto general, y con el consejo vino en seguida el auxilio. El suceso había tenido lugar muy cerca de una iglesia de capuchinos, asilo, como todos saben, impenetrable en aquella época para los esbirros y á toda aquella reunión de cosas y personas que se llamaba justicia. El asesino fué llevado al convento casi sin sentido por la multitud, y los frailes lo recibieron de las manos del pueblo, que se lo recomendaban diciendo: “Éste es un hombre de bien que ha dado cuenta de un hombre orgulloso y bribón; lo ha hecho en defensa propia y obligado á ello”.

Ludovico hasta entonces no había jamás derramado sangre; y aunque el homicidio fuese en aquellos tiempos una cosa tan común, que los oídos de todos estaban acostumbrados á oirlos referir y los ojos á presenciarlo; sin embargo, la impresión que recibió al ver el hombre muerto por su mano, y el otro muerto también por culpa suya, fué nueva é indecible, fué una revelación de sentimientos aún desconocidos. La caída de su enemigo, la alteración de aquel rostro que pasaba en un momento de la amenaza y del furor al abatimiento y á la solemne calma de la muerte, fué una vista que cambió rápidamente el ánimo del homicida. Arrastrado al convento, no sabía casi en dónde estaba ni lo que se hacía, y cuando volvió en sí se encontró en una cama de la enfermería, en manos del hermano cirujano (los capuchinos tienen ordinariamente uno en cada convento) que ponía hilas y vendaba las dos heridas que había recibido en aquel encuentro.

Un sacerdote, cuyo destino especial era asistir á los moribundos, y el cual había con frecuencia prestado semejantes servicios en las calles, fué llamado con precipitación al lugar del combate. Vuelto pocos minutos después entró en la enfermería, y acercándose al lecho en donde yacía Ludovico, “consolaos, le dijo: á lo menos ha muerto bien, y me ha encargado que le perdonéis, así como también traigo el perdón de su parte para vos”. Estas palabras hicieron volver en sí del todo al pobre Ludovico, y los sentimientos que hasta entonces permanecían confusos y como en tropel en su mente, se le representaron distintamente y con la mayor vivacidad; en efecto, el dolor causado por la pérdida de un amigo, el asombro y el remordimiento del golpe que su mano había descargado, y al mismo tiempo una angustiosa compasión hacia el hombre que había muerto, se revelaron en él enteramente. “¿Y el otro?”, preguntó con ansia al fraile.

—El otro había expirado cuando yo llegué.

Entretanto las avenidas y alrededores del convento hormigueaban de una curiosa muchedumbre; mas habiendo llegado la tropa, hizo dispersar á la multitud y se situó á cierta distancia de la puerta, de tal modo, que nadie pudiese salir del edificio sin ser observado. Un hermano del muerto, dos de sus primos y un anciano tío, fueron armados de pies á cabeza, acompañados de un gran número de bravos, y se pusieron á rondar alrededor del convento, mirando con aire y ademanes de amenazadora cólera á los curiosos que no se atrevían á decirles: “le está muy bien merecido”.

Apenas Ludovico pudo reunir sus ideas, llamó á un confesor y le suplicó que fuese á casa de la viuda de Cristóbal, con el objeto de impetrar en su nombre el perdón de haber sido la causa, aunque ciertamente involuntaria, de aquella desgracia, y que la asegurase al mismo tiempo que tomaba á su cargo toda la familia. Reflexionando luego en su posición, sintió renacer el deseo de hacerse fraile, pensamiento que otras veces había pasado por su imaginación: le pareció que Dios mismo le había colocado en el camino y le había dado una señal de su voluntad haciéndole llegar en aquella coyuntura á un convento, y el partido fué adoptado. Hizo llamar al guardián, y le manifestó su deseo. Éste le respondió que era preciso que se guardase de tomar una resolución precipitada; pero que si persistía, no sería desechada. Entonces mandó á buscar un notario, hizo donación de todo lo que le quedaba (que era todavía un buen patrimonio), á la familia de Cristóbal; dió una suma considerable á la viuda, como para constituirla una segunda dote, y el resto á ocho hijos que Cristóbal había dejado.

La resolución de Ludovico venía muy á propósito para sus huéspedes, los cuales por su causa estaban metidos en una gran intriga. Echarlo del convento y exponerlo de ese modo á las persecuciones de la justicia, ó lo que es igual, á la venganza de sus enemigos, no era partido que mereciese siquiera consultarse; esto hubiera sido lo mismo que renunciar á sus propios privilegios, desacreditar al convento para con el pueblo, atraerse la animadversión de todos los capuchinos del universo por haber dejado violar tan sagrados derechos, y ponerse en pugna abierta con todas las autoridades eclesiásticas, las cuales se consideraban como tutoras del derecho de asilo. Por otra parte, la familia del muerto, bastante poderosa por sí misma y por sus secuaces, trataba de vengarse á toda costa, y declaraba por enemigo á cualquiera que se atreviese á poner algún obstáculo. La historia no dice que aquélla se doliese mucho del difunto, ni menos que hubiese derramado por él una sola lágrima toda la parentela; únicamente dice, que estaban furiosos de no tener entre sus uñas al matador, ya fuese vivo ó muerto. Pero éste, vistiendo el hábito de capuchino, lo componía todo. Hacía en cierto modo una pública retractación, se imponía una penitencia, se confesaba implícitamente culpable, se retiraba de toda contienda; era, en suma, un enemigo que deponía las armas. Los parientes del muerto podían también, si querían, creer ó vanagloriarse de que se había hecho fraile por desesperación ó por miedo de su cólera. De todos modos, reducir á un hombre á despojarse de sus bienes, á afeitarse la cabeza, á caminar con los pies desnudos, á dormir sobre un duro y miserable jergón de paja, á vivir de limosna, podía parecer un castigo suficiente aun al ofendido más orgulloso.

El padre guardián se presentó con una expresiva humildad al hermano del muerto; y después de mil protestas de respeto por su ilustre casa, y del deseo de complacer á ésta en todo lo que fuese posible, habló del arrepentimiento de Ludovico y de su resolución, haciéndole ver con finura que la casa podía estar muy satisfecha, é insinuando luego suavemente y de la manera más diestra, que gustase ó no, las cosas debían ser así. El hermano se deshizo en injurias, y el capuchino dejó pasar la tormenta, diciendo de cuando en cuando: “Es un dolor muy justo”. Manifestó al capuchino que su familia había sabido siempre tomar satisfacción de una ofensa; y éste, aunque pensase de distinto modo, no dijo que no. Finalmente, aquél exigió como una condición que el asesino de su hermano había de salir prontamente de la ciudad. El guardián, que ya había deliberado obrar así, dijo que se haría, dejando que el otro creyera, si esto le complacía, que era un acto de sumisión, quedando todo arreglado de esta manera: contenta la familia de salir de semejante negocio con honor, contentos los frailes que salvaban un hombre y sus privilegios sin acarrearse ningún enemigo, contentos los amantes de las leyes de la caballería de ver terminarse un asunto honrosamente, contento el pueblo que veía fuera de peligro á un hombre que quería y que al mismo tiempo admiraba una conversión; contento finalmente, y más que todos, en medio de su dolor nuestro Ludovico, el cual empezaba una vida de expiación y de servidumbre, que podía, si no reparar, á lo menos redimir la mala acción, y embotar el punzante aguijón de los remordimientos. La idea que su resolución pudiese ser atribuida al miedo, le afligió un momento; pero se consoló bien pronto, pensando que aquella injusta opinión sería un castigo para él, y un medio de expiación. Así, á los treinta años se vistió el hábito de capuchino; y debiendo, según el uso, dejar su nombre para tomar otro, escogió uno que le recordase á todas horas la falta que tenía de expiar, y se puso por nombre Cristóbal.