Apenas la ceremonia de la toma de hábito se hubo concluido, cuando el guardián le intimó la orden de ir á hacer su noviciado á *** distante sesenta millas, y que partiese al otro día por la mañana. El novicio se inclinó profundamente y pidió gracia. “Permitidme, padre, dijo, que antes de partir de esta población, en donde he derramado la sangre de un hombre, donde dejo una familia cruelmente ofendida, que repare al menos su afrenta, que muestre mi pesar de no poder resarcir el daño, pidiendo perdón al hermano del muerto, y acallarle, si Dios bendice mi intención, el rencor de su alma”. Al guardián le pareció que semejante paso, además de ser bueno en sí, serviría siempre para reconciliar más á la familia con el convento, y en su consecuencia se dirigió ansioso á la casa del señor hermano para exponerle la súplica de Fr. Cristóbal. Á una proposición tan inesperada, aquél sintió, á la par que admiración, un arrebato de cólera, pero no sin alguna complacencia. Después de haber reflexionado un instante, “que venga mañana”, dijo, y señaló la hora. El guardián volvió á llevar al novicio tan deseado consentimiento.
El noble pensó de pronto que cuanto más solemne y ruidosa fuese aquella satisfacción, tanto más se aumentaría su crédito para con su familia y para con el público, y sería una bella página en la historia de la misma. Hizo saber apresuradamente á todos los parientes, que al día siguiente, á la hora de medio día, se sirviesen ir á su casa á recibir una satisfacción común. Á la citada hora, el palacio bullía en señores de todas edades y sexos; aquello era un torbellino: la mezcla de grandes capas, de altas plumas, de pendientes durlindanas, el ondulante movimiento de las almidonadas y rizadas gorgueras, y el confuso roce de las adamascadas togas. Las antecámaras, el patio y la calle hormigueaban de criados, pajes, bravos y curiosos. Al ver Fr. Cristóbal aquel aparato, adivinó el motivo y experimentó una ligera turbación; mas después de breves instantes, se dijo: “Está bien hecho, yo lo he matado en público á presencia de un gran número de sus enemigos; aquél fué el escándalo, ésta es la reparación”. Así, con los ojos bajos, con el padre compañero al lado, pasó la puerta de la casa, atravesó el patio entre una multitud que le miraba con una curiosidad poco respetuosa, subió la escalera, y en medio de otra muchedumbre de señores que se formaban en ala á su paso, seguido de cien miradas, llegó á presencia del amo de la casa, el cual, rodeado de los parientes más próximos, permanecía de pie en medio de la estancia, con la mirada fija en el pavimento y la barba levantada, empuñando con la mano izquierda el pomo de la espada, y apretando con la derecha la valona de la capa sobre el pecho.
Hay á veces en el rostro y el continente de un hombre, una expresión tan significativa, que aunque se encuentre en medio de una numerosa multitud de espectadores, todos ellos formarán el mismo juicio sobre los sentimientos que le animan. El semblante y el ademán de Fr. Cristóbal decían claramente á los asistentes, que no se había hecho fraile ni iba á sufrir aquella humillación por humano temor; y esto empezó á reconciliarlo con todos los ánimos. Cuando vió al ofendido aceleró el paso, se hincó de rodillas á sus pies, cruzó las manos sobre el pecho, é inclinando su rapada cabeza, le dijo: “Yo soy el matador de vuestro hermano. ¡Bien sabe Dios que quisiera restituíroslo á costa de mi sangre! mas no pudiendo hacer otra cosa que dar ineficaces y tardías excusas, os suplico que por amor de Dios las aceptéis”. Todos los ojos estaban fijos sobre el novicio y sobre el personaje á quien hablaba; todos los oídos estaban atentos. Cuando Fr. Cristóbal calló, se alzó en el salón un murmullo de piedad y de respeto. El gentilhombre, que permanecía en una actitud de complacencia forzada y de cólera comprimida, se turbó con aquellas palabras; y volviéndose al suplicante: “Alzad, dijo con voz alterada; la ofensa... el hecho, verdaderamente... mas el hábito que lleváis... no sólo esto, sino aun por vos... Alzaos, padre... Mi hermano... no lo puedo negar... era un caballero... era un hombre... un poco impetuoso... un poco vivo. Pero todo sucede por disposición de Dios. No se hable más de ello... Mas, padre mío, no debéis permanecer en esta postura”. Y cogiéndolo por el brazo lo levantó. Fr. Cristóbal, en pie, con la cabeza inclinada, repuso: “¿Puedo yo esperar aún que me concedáis vuestro perdón? Y si lo obtengo de vos, ¿de quién no debo esperarlo? ¡Oh, si yo pudiese oir de vuestra boca la palabra perdón!”. “¿Perdón?, dijo el gentilhombre. Vos no tenéis necesidad de él; mas sin embargo, ya que lo deseáis, ciertamente, sí, yo os perdono de corazón, y todos...”.
—¡Todos, todos! gritaron á una voz los asistentes. El rostro del fraile se iluminó con una alegría de agradecimiento, bajo la cual, sin embargo, se traslucía aún una humilde y profunda compunción del mal que la remisión de los hombres no podía reparar. El gentilhombre, vencido por aquel aspecto, y trasportado por la conmoción general, le echó los brazos al cuello, y le dió y recibió el beso de paz.
Un ¡bravo! ¡bien! resonó por todos los ángulos del salón; todos abandonaron sus puestos, y se apresuraron á rodear al fraile. En el ínterin se presentaron los criados con gran profusión de refrescos. El gentilhombre se acercó á nuestro Cristóbal, el cual demostraba quererse retirar y le dijo: “Padre, aceptad algún refrigerio, dadme esta prueba de amistad”. Y se puso á servirle antes que á todos los demás; mas Cristóbal retirándose con cierta cordial resistencia, dijo: “Estas cosas no están hechas para mí; pero no seré yo quien rechace jamás vuestros dones. Voy á ponerme en camino; dignaos hacerme traer un pan, para que pueda decir que he disfrutado de vuestra caridad, que he comido de vuestro pan, y he obtenido una señal de vuestro perdón”. El noble, conmovido, ordenó que así se hiciera; y vino en seguida un mayordomo, vestido de gran gala, trayendo un pan sobre una fuente de plata; y se lo presentó al padre, el cual habiéndolo tomado, y dado las gracias, lo metió en las alforjas. Después de pedir permiso, y de haber abrazado de nuevo al señor de la casa, y á todos aquellos que hallándose cerca de él pudieron aprovechar un momento, se libró de semejante peso; tuvo que luchar en las antecámaras para deshacerse de los criados, y aun de los bravos mismos, que le besaban el extremo del hábito, el cordón y la capucha; y se encontró en la calle, llevado como en triunfo, y acompañado de una multitud de pueblo, hasta una de las puertas de la ciudad, por donde salió, empezando su pedestre viaje hacia el lugar de su noviciado.
El hermano del muerto y la parentela que se habían aprestado á saborear en aquel día el triste gozo del orgullo, se hallaron al contrario, llenos de la dulce alegría del perdón y de la benevolencia. La reunión se entretuvo aún algún tiempo, con una bondad y cordialidad insólitas, en razonamientos, acerca de los cuales ninguno de ellos se había preparado al ir allí. En lugar de las satisfacciones tomadas, de las injurias vengadas, y de los empeños llevados á cabo, las alabanzas del novicio, la reconciliación, la mansedumbre, fueron los temas de la conversación. Alguno que por la quincuagésima vez habría contado cómo el conde Muzio, su padre, había sabido en cierta famosa ocasión hacer entrar en razón al marqués Estanislao, que era un fanfarrón como todos saben, habló al contrario de la paciencia admirable de un tal Fr. Simón, muerto hacía ya muchos años. Habiéndose retirado la reunión, el señor, todo conmovido aún, reflexionaba en su interior, con la mayor maravilla, todo lo que había oído, todo lo que él había dicho, y murmuraba entre dientes: “¡Diablo de fraile, diablo de fraile!, ¡si hubiese permanecido más de rodillas á mis pies, casi, casi le hubiera pedido perdón de haber asesinado á mi hermano!”. Nuestra historia hace notar expresamente, que desde aquel día, este señor fué menos arrebatado y un poco más tratable.
El padre Cristóbal caminaba con un consuelo que no había experimentado nunca, después de aquel terrible día, á cuya expiación debía consagrar toda su vida. El silencio impuesto á los novicios, lo observaba sin apercibirse de ello, absorto como estaba con la idea de las fatigas y humillaciones que había sufrido para rescatar su falta. Habiendo entrado á la hora de comer en la casa de un bienhechor, comió con una especie de satisfacción del pan del perdón; mas guardó un pedazo, y lo volvió á poner en la alforja para que le sirviese como de perpetuo recuerdo.
No es nuestro designio el referir la historia de su vida claustral; solamente diremos, que llenando siempre con gran voluntad y cuidado los deberes que ordinariamente le estaban señalados de predicar y asistir á los moribundos, no dejaba jamás escapar la ocasión de ejercitar otros dos que se había impuesto á sí mismo, los cuales eran el de conciliar todas las diferencias y proteger á los oprimidos. En estas ideas entraban en cierto modo sus antiguos hábitos, y un resto de aquel espíritu guerrero que las humillaciones y maceraciones no habían podido del todo borrar. Su lenguaje era comúnmente humilde y reposado; pero cuando se trataba de justicia ó de verdad combatida, se animaba de súbito con su antigua impetuosidad, que secundada y modificada por un énfasis solemne, originado por el uso de predicar, daba á dicho lenguaje un carácter singular. Tanto su continente, como su aspecto, anunciaban una larga guerra entre una índole fogosa, resentida, y una voluntad opuesta, habitualmente victoriosa, siempre alerta y dirigida por motivos é inspiraciones superiores. Un compañero y amigo suyo, que lo conocía perfectamente, lo había comparado una vez á aquellas palabras demasiado expresivas en su forma natural, que algunas personas, aun bien educadas, pronuncian entrecortadas cuando la pasión las precipita, cambiando algunas letras; palabras que bajo aquella metamorfosis hacen sin embargo recordar su energía primitiva.
Si una pobre desconocida, en el triste caso de Lucía, hubiese pedido la ayuda del padre Cristóbal, éste habría acudido inmediatamente; pero tratándose de Lucía, acudió con tanta más solicitud, en cuanto conocía y admiraba su inocencia. Había ya pensado en los peligros que corría, y experimentaba una santa indignación por la torpe persecución de que había llegado á ser objeto. Además de esto, habiéndola aconsejado para menos mal, que no declarase nada y que estuviese tranquila, temía ahora que dicho consejo pudiese haber producido algún triste resultado, y á la solicitud caritativa, que era en él como innata, añadíase la escrupulosa aflicción que con frecuencia atormenta á los buenos.
Mas entretanto que nosotros hemos referido la historia del padre Cristóbal, éste llegó, y se detuvo en el umbral de la puerta. Las mujeres, dejando las devanaderas que hacían rechinar dando vueltas, se levantaron diciendo á la vez: “¡Hola, padre Cristóbal, bendito seáis!”.