NOTAS:
[3] Asteriscos, se llaman así las señales de imprenta que en forma de estrellitas sirven para las citas, remisiones, &c.
CAPÍTULO QUINTO
Detúvose en el umbral el padre Cristóbal; y apenas hubo echado una mirada á las mujeres, conoció que no eran falsos sus presentimientos. Después, con aquel tono de interrogación que va en encuentro de una triste respuesta, levantando la capucha con un ligero movimiento de cabeza hacia atrás, dijo: “¿Y bien?”, Lucía contestó con un copioso llanto. La madre empezaba á excusarse de haberse atrevido... pero el fraile se adelantó; y habiéndose ido á sentar en un banquillo, cortó los cumplimientos, diciendo á Lucía: “Calmaos, pobre niña. Y vos, dijo en seguida á Inés, contadme lo que hay”. Mientras la pobre mujer hacía lo mejor que podía su dolorosa relación, el fraile se ponía de mil colores; y ora alzaba los ojos al cielo, ora golpeaba el suelo con los pies. Terminada la historia, se cubrió el rostro con las manos, y exclamó: “¡Oh, bendito Dios! ¿hasta cuándo?”... Mas sin concluir la frase, volviéndose á las dos mujeres: “¡Infelices, dijo, Dios os ha visitado! ¡Pobre Lucía!”.
—¡Padre, ¿no nos abandonaréis? dijo ésta sollozando.
—¡Abandonaros! replicó. ¿Y con qué cara podría yo pedir á Dios alguna cosa para mí, después de haberos abandonado? ¡Vosotras en semejante estado! ¡vosotras, que él me confía! No os desaniméis; él os asistirá, él lo ve todo, él puede servirse todavía de un hombre inútil como yo, para confundir un... Veamos, pensemos en lo que se puede hacer.
Esto diciendo, apoyó el codo izquierdo sobre la rodilla, inclinó la frente sobre la palma de la mano, y con la derecha se apretó la barba, como para tener firmes y unidas todas las potencias del ánimo. Pero la más atenta consideración no servía más que para hacerle conocer distintamente cuán urgente y embarazoso era el caso, y cuán escasos, inciertos y peligrosos los medios. ¿Avergonzar un poco á D. Abundio y hacerle comprender de qué modo falta á su deber? Vergüenza y deber eran palabras nulas para él, cuando tenía miedo. Y el hacerle miedo: ¿qué medio tengo yo para infundírselo, y que sea superior al que él tiene de un tiro? ¿Informar de todo al cardenal arzobispo é invocan su autoridad? Esto requiere tiempo. ¿Y entretanto? ¿y después? Aun cuando esta pobre inocente estuviese casada, ¿sería por ventura un freno para aquel hombre? ¡Quién sabe hasta dónde puede llegar!... ¿Y el resistirle? ¿Cómo? ¡Ah, si yo pudiese, pensaba el pobre fraile, si pudiese traer á mi partido á mis hermanos de aquí y á los de Milán! Mas éste no es un asunto que interese á la comunidad, y por consecuencia me vería abandonado. ¡Ese hombre se hace el amigo del convento, se vende por partidario de los capuchinos! ¿Y sus bravos no han venido alguna vez á ampararse de nosotros? Yo sólo me hallaría metido en danza, y aun quizá se me trataría de revoltoso, intrigante y pendenciero; y lo que es más, podría acaso, con una tentativa fuera de tiempo, empeorar la situación de ésta desgraciada. Habiendo puesto en contrapeso el pro y el contra, de uno y otro partido, le pareció lo mejor avistarse con el mismo D. Rodrigo, procurar separarle de su infame propósito por medio de súplicas, con los temores de la otra vida, y aún los de esta misma si fuese posible. Poniéndose en lo peor, podría á lo menos conocerse por este medio más distintamente si D. Rodrigo estaba muy obstinado en su brutal empeño, descubrir además sus intenciones, y arreglarse por ellas.
En el ínterin que el fraile estaba así meditabundo, Renzo, que por razones que todos pueden adivinar, no podía permanecer lejos de la casa de su novia, se había, presentado á la puerta; mas viendo al padre abismado en sus pensamientos y á las mujeres que le hacían seña de que no lo distrajera, se detuvo en el umbral, guardando el mayor silencio. Levantando el fraile la cabeza, para comunicar á las mujeres sus proyectos, lo divisó, le saludó de una manera que expresaba una afección antigua, y que la compasión hacía más expansiva.
—¿Os han dicho... padre mío? le preguntó Renzo con voz conmovida.
—Demasiado, por desgracia, y por eso estoy aquí.