—¿Qué decís de ese malvado?
—¿Qué queréis que diga? Él no esta aquí para oirme; ¿de qué servirían mis palabras? Dígote, mi querido Renzo, que confíes en Dios, y él no te abandonará.
—¡Benditas sean vuestras palabras! exclamó el joven. Vos no sois de aquéllos que siempre hacen injusticias á los pobres. Mas el señor cura y ese señor doctor...
—No recordar lo que no puede servir de otra cosa, más que de atormentarse inútilmente. Yo soy un pobre fraile; pero te repito lo que he dicho ya á estas señoras: aunque puedo poco, no os abandonaré.
—¡Oh, vos no sois como los amigos del mundo! ¡Charlatanes! ¡Quién hubiese creído en las protestas que me hacían en otro tiempo mejor! ¡Ya, ya! Estaban prontos á dar su sangre por mí; me habrían sostenido contra el mismo diablo. Si yo hubiese tenido un enemigo... bastaba que me dejase entender, y habría concluido pronto de comer pan. Y ahora, si vieseis cómo se retiran... Al llegar aquí, levantando los ojos hacia el semblante del padre, vió que se había oscurecido del todo, y se arrepintió de haber dicho lo que convenía callar. Mas queriendo componerlo, se iba confundiendo y embrollando más. “Quería decir... yo no entiendo una palabra... esto es, yo quería decir”...
—¿Qué querías decir? ¿Y qué? ¿Has empezado, pues, á destruir mis obras antes que fuesen emprendidas? Es un bien para ti el que te hayas desengañado á tiempo. ¡Qué, tú andabas en busca de amigos... amigos... que aun queriendo no hubieran podido socorrerte! ¡Y tratabas de perder al único que lo puede y lo quiere! ¿No sabes que Dios es el amigo de los afligidos que confían en él? ¿No sabes tú que el débil nada gana enseñando las uñas? Y cuando sin embargo... (Aquí apretó fuertemente el brazo de Renzo; su aspecto, sin perder en autoridad, se revistió de una compunción solemne, sus ojos se inclinaron, y la voz vino á ser lenta y como subterránea) ¡Cuando sin embargo... es una terrible ganancia! Renzo, ¿quieres confiar en mí? ¡qué digo en mí, pobre fraile! ¿quieres confiar en Dios?
—¡Oh, sí! repuso Renzo, éste es el verdadero Señor.
—Y bien: ¿prometes que no injuriarás á nadie, ni tampoco provocarás, y que te dejarás guiar por mí?
—Lo prometo.
Lucía dió un gran suspiro, como si se hubiese aliviado de un gran peso, é Inés dijo: “Bien, hijo mío”.