—Escuchad, repuso Fr. Cristóbal; yo iré hoy á hablar á ese hombre. Si Dios le toca el corazón y da fuerza á mis palabras, bien: si no, él nos hará encontrar algún otro medio. Vosotros, en tanto, permaneced tranquilos, retirados; evitad las habladurías, y no os dejéis ver. Esta tarde ó mañana por la mañana, á más tardar, me volveréis á ver. Dicho esto, partió. Se dirigió al convento, llegando á tiempo de ir á coro á cantar sexta, comió, y se puso al instante en camino hacia la cueva de la bestia feroz que quería tratar de amansar.

El gran palacio de D. Rodrigo se elevaba aislado, á semejanza de un castillejo, sobre la cima de uno de los picos de los cuales está por todas partes erizada aquella cordillera. Á esta indicación, el anónimo añade que el sitio (hubiera sido mejor escribir buenamente su nombre), estaba más allá del pueblo de los novios, distante de él cerca de tres millas, y cuatro del convento. Al pie del pico, á la parte que mira al Mediodía, hacia el lago, había un pequeño montón de cabañas habitadas por los vasallos de D. Rodrigo; y era como la pequeña capital de su reducido reino. Bastaba pasar por allí para imponerse de la condición y costumbres del país. Dando una ojeada á los pisos bajos, entre los cuales había algunos cuyas puertas estaban abiertas, se veían suspendidos de la pared en completa confusión, arcabuces, cuernos de caza, azadones, rastrillos, sombreros de paja, redecillas y frascos de pólvora. La gente que se encontraba, eran hombres robustos y fornidos, cuya frente cubría un ciuffo, encerrado en una redecilla; ancianos que habiendo perdido los dientes, parecían siempre prontos á morder con las encías á los que les provocasen, aunque fuese ligeramente; mujeres con ciertos rasgos varoniles y con nervudos brazos, á propósito para prestar auxilio con la lengua cuando otra cosa no bastase; aun en los semblantes y movimientos de los muchachos mismos que jugaban en la calle, se veía un no sé qué de petulante y provocativo.

Fr. Cristóbal atravesó la aldea, trepó por un pequeño y tortuoso sendero y llegó á una reducida explanada delante del palacio. La puerta estaba cerrada, porque el dueño estaba comiendo y no quería ser molestado. Las extrañas y pequeñas ventanas que daban al camino, cerradas por maderas mal unidas y consumidas por los años, estaban, sin embargo, defendidas por gruesos barrotes de hierro, y las del piso bajo eran tan altas, que apenas hubiera podido alcanzar á ellas un hombre subido en las espaldas de otro. Reinaba allí un gran silencio; y el viajero habría podido creer que fuese una casa abandonada, si cuatro criaturas, dos vivas y dos muertas, colocadas con simetría por la parte exterior, no hubiesen dado un indicio de que existían habitantes. Dos grandes buitres con las alas extendidas y con las cabezas colgando, el uno medio desplumado y consumido por el tiempo, el otro aún intacto y con plumas, estaban clavados sobre cada una de las dos hojas de la puerta principal; y dos bravos tendidos á la larga en los bancos colocados á derecha é izquierda hacían centinela, esperando el ser llamados á gozar las sobras de la mesa del amo. El padre se puso en pie de repente, en ademán del que se dispone á aguardar; mas uno de los bravos se levantó y le dijo: “Padre, padre, adelante; aquí no se hace esperar á los capuchinos; nosotros somos amigos del convento. Yo me he encontrado en ciertos momentos en que el aire de la calle no era muy bueno para mí, y si vosotros me hubieseis cerrado la puerta lo habría pasado mal”. Esto diciendo, dió dos golpes con la aldaba. Á dicho ruido contestaron súbitamente desde el interior los aullidos y ladridos de los alanos y dogos; y pocos momentos después, llegó refunfuñando un viejo criado; mas en seguida que vió al padre, le hizo una gran reverencia, apaciguó á los animales é introdujo al huésped á un angosto patio, y cerró la puerta. Habiéndole luego conducido á una pequeña sala, y mirádole con cierto aire respetuoso y de sorpresa, dijo: “¿No sois... el padre Cristóbal de Pescarenico?”.

—Justamente.

—¿Vos aquí?

—Como lo veis, buen hombre.

—¿Será para hacer algún bien? El bien, continuó murmurando entre dientes y disponiéndose á marchar, se puede hacer en todas partes. Después de haber atravesado dos ó tres salas estrechas y oscuras, llegaron á la puerta de la sala del convite. Reinaba allí un gran ruido confuso de tenedores, cuchillos, vasos, platos y sobre todo, de voces discordes, que trataban á porfía de sobrepujarse las unas á las otras. El fraile quería retirarse y estaba departiendo detrás de la puerta con el criado para lograr el que se le dejase en cualquier rincón de la casa hasta que se hubiese concluido la comida, cuando he aquí que la citada puerta se abrió. Cierto conde, llamado Attilio, que estaba sentado enfrente (primo del amo de la casa, y del cual hemos ya hecho mención sin nombrarlo), habiendo visto un cerquillo y una capilla, y conociendo la modesta intención del buen fraile: “¡Eh, eh! gritó, no os escapéis, reverendo padre: adelante, adelante”. D. Rodrigo, sin adivinar precisamente el objeto de aquella visita, pero por cierto confuso presentimiento, de buena gana se hubiera pasado sin ella; mas ya que el atolondrado Attilio lo había llamado en alta voz, no era conveniente el retroceder, y dijo: “Venid, padre, venid”. El padre se adelantó, saludó al dueño y contestó á las reverencias de los convidados.

En general agrada (no digo á todos), el ver al hombre honrado cara á cara del malvado, y figurárselo con la frente elevada, la mirada segura, corazón valeroso y lenguaje desembarazado. Sin embargo, en el hecho, para hacerle tomar semejante actitud, se requieren muchas circunstancias, las cuales muy raras veces se encuentran juntas. Por esta razón no os debéis admirar si Fr. Cristóbal, con el buen testimonio de su conciencia, con el muy firme convencimiento de la justicia de la causa que iba á sostener, con un sentimiento mezclado de horror y de compasión por D. Rodrigo, permaneció con cierto aire de timidez y de respeto en presencia de aquel mismo D. Rodrigo, que estaba allí, en la cabecera de la mesa, en su casa, en su reino, rodeado de amigos y homenajes, con tantas señales de su poderío, con un semblante á propósito para hacer expirar una petición en los labios del que la hiciese, aunque ésta no fuese ni consejo, ni amonestación, ni reprensión. Á su derecha estaba sentado el consabido conde Attilio, su primo, y se hace preciso decirlo, su compañero de maldades y libertinaje, el cual había venido de Milán para pasar algunos días en el campo con él. Á la izquierda y al otro lado de la mesa estaba con gran respeto, templado sin embargo de cierta firmeza y de cierta presunción, el señor podestá, el mismo á quien en teoría habría tocado el hacer justicia á Renzo Tramaglino, y aplicársela á D. Rodrigo, según hemos visto antes. Enfrente del podestá, y en ademán del más puro y profundo respeto, se hallaba sentado nuestro doctor Azzecca-Garbugli, con la capa negra y con la nariz más rubicunda que de ordinario. Enfrente de los primos, dos oscuros convidados, de los cuales nuestra historia dice únicamente que no hacían otra cosa más que comer, inclinar la cabeza, sonreir y aprobar todo lo que decía un convidado, siempre que no hubiese otro que lo contradijese.

—Un asiento al padre, dijo D. Rodrigo, Un criado presentó un sitial, en el cual se sentó el padre Cristóbal, pidiendo mil perdones al señor por haber venido á hora tan inoportuna. Desearía hablaros á solas y cómodamente para un asunto de importancia, añadió después con voz muy sumisa al oído de D. Rodrigo.

—Bien, bien, hablaremos, respondió éste; mas entretanto traed de beber al padre.