El padre quería eximirse, pero D. Rodrigo, alzando la voz en medio del tumulto que había empezado otra vez, gritaba: “No, ¡par diez! no me haréis este desaire; no se dirá jamás que un capuchino salga de esta casa sin haber probado mi vino, ni un acreedor insolente sin haber experimentado la madera de mis bosques”. Estas palabras excitaron una risa universal é interrumpieron un momento el debate que se agitaba acaloradamente entre los convidados. Un criado trajo una botella de vino colocada en una salvilla y un largo vaso á manera de cáliz, que presentó al padre; el cual, no queriendo resistir á una invitación tan apremiante del hombre que le convenía tener propicio, no vaciló en echar vino en el vaso, después de lo cual se puso á beber lentamente.
—La autoridad de Tasso no sirve á vuestra opinión, señor podestá respetable; ella misma está en contra vuestra, replicó voceando el conde Attilio; porque aquel hombre erudito, aquel grande hombre que tenía en la punta de los dedos todas las reglas de la caballería, hizo que el mensajero de Argante, antes de manifestar el desafío á los caballeros cristianos, pidiese permiso al piadoso Godofredo de Bouillon...
—Pero esto, replicaba el podestá, no gritando menos, esto está de más, puramente de más, un adorno poético; pues que el mensajero es por su naturaleza inviolable por el derecho de gentes, jure gentium; y sin ir á buscar más lejos, el proverbio también lo dice: embajador no trae pena; y los proverbios, señor conde, son la sabiduría del género humano. Y no habiendo el mensajero dicho nada en su nombre, sino tan sólo presentado el cartel de desafío por escrito...
—¿Pero cuándo queréis comprender que aquel mensajero era un asno temerario, que no conocía las primeras...?
—Con permiso de sus señorías, interrumpió D. Rodrigo, el cual no hubiera querido que la disputa fuese demasiado lejos; remitámonos al padre Cristóbal, y conformémonos con su parecer.
—Bien, muy bien, dijo el conde Attilio, á quien parecía una cosa muy graciosa el hacer decidir por un capuchino una cuestión de caballería, mientras que el podestá, más y más enfervorizado en el combate, se callaba en el instante mismo con cierto aire de desdén que parecía querer decir: puerilidades.
—Mas, según me parece haber comprendido, dijo el padre, éstas no son cosas que yo deba entender.
—Ordinarias excusas de la modestia de los padres, dijo D. Rodrigo; mas no os evadiréis. ¡Ea! vamos: bien sabemos que no habéis venido al mundo con la capilla en la cabeza, y que el mundo os ha conocido. Vamos, vamos, he aquí la cuestión.
—El hecho es éste, empezó á gritar el conde Attilio.
—Dejadme decir á mí, que soy neutral, primo, replicó D. Rodrigo. He aquí la historia: Un caballero español mandó un cartel de desafío á un caballero milanés; el portador, no encontrando al provocado en casa, entregó el cartel á un hermano del caballero, cuyo hermano leyó el cartel, y en respuesta dió algunos palos al portador. Se trata...