—Bien dados, bien aplicados, gritó el conde Attilio. Fué una verdadera inspiración.
—¡Del demonio! añadió el podestá. ¡Pegar á un embajador, una persona sagrada! Vos también, padre, podréis decir, si ésta es una acción propia de un caballero.
—Sí, señor, de caballero, gritó el conde, y dejad que os lo diga yo, que debo saber todo lo que concierne á un caballero. ¡Oh! si hubiese sido con los puños, sería otra cosa; pero el bastón no mancha las manos de nadie. Lo que yo no puedo comprender es, por qué os interesáis tanto por las espaldas de un bribón.
—¿Quién os ha hablado de espaldas, señor conde? Vos me hacéis decir cosas que jamás me han pasado por la imaginación. He hablado del carácter, y no de las espaldas. Yo hablo, sobre todo, del derecho de gentes. Hacedme el obsequio de decirme si los heraldos que los antiguos romanos mandaban llevar los carteles de desafío á los demás pueblos, pedían permiso para exponer su mensaje, y buscadme un escritor que haga mención de que un heraldo haya sido nunca apaleado.
—¿Qué tienen que ver con nosotros los capitanes de los antiguos romanos, gente que iba á la buena de Dios, y que en estas cosas estaban atrasadísimos? Mas según las leyes de la caballería moderna, que es la verdadera, digo y sostengo, que un mensajero que se atreve á poner en manos de un caballero un cartel de desafío, sin haberle pedido permiso, es un insolente, violable, muy violable, digno de ser apaleado y muy bien apaleado...
—Contestad á este silogismo.
—Nada, nada.
—Pero escuchad, escuchad. Pegar á uno que está desarmado, es una traición; at qui el mensajero de quo estaba sin armas, ergo...
—Poco á poco, señor podestá.
—¡Cómo poco á poco!