—Poco á poco, os repito: ¿qué es lo que estáis diciendo? Se llama una traición el herir á uno por detrás con la espada, ó descerrajarle un tiro en la espalda; y aun con respecto á esto, se pueden dar ciertos casos... mas no salgamos de la cuestión. Concedo que esto generalmente pueda llamarse una traición; ¡pero sacudir cuatro palos á un bribón! estaría bueno tener que decirle: ¡mira que te voy á apalear! Lo mismo que si se dijese á un hombre honrado: ¡en guardia!... Y vos, respetable señor doctor, en vez de hacerme señas para darme á entender que sois de mi parecer, ¿por qué no sostenéis mis razones con vuestra buena charla, para ayudarme á persuadir á este caballero?
—Yo... repuso el doctor un poco confuso; yo gozo con estas doctas cuestiones, y doy gracias al feliz accidente que ha dado ocasión á una lucha de ingenio tan divertida. Y luego, no es de mi incumbencia el dar el fallo; su señoría ilustrísima ha delegado ya un juez... aquí está el padre....
—Es verdad, dijo D. Rodrigo; pero ¿cómo queréis que el juez hable, cuando los litigantes no quieren guardar silencio?
—Enmudezco, dijo el conde Attilio. El podestá apretó los labios y alzó la mano como en ademán de resignación.
—¡Ah, gracias sean dadas al cielo! Á vos, padre, dijo D. Rodrigo con cierta gravedad irónica...
—Me he excusado ya, diciendo que no entiendo de estas cosas, respondió el padre Cristóbal volviendo el vaso á un criado.
—¡Débiles escusas! exclamaron los dos primos. Nosotros queremos el fallo.
—Pues que así lo queréis, replicó el fraile, mi humilde parecer sería que no hubiese carteles, ni portadores, ni apaleamientos.
Los convidados se miraron atónitos los unos á los otros.
—¡Oh, esto sí que es una gran necedad! dijo el conde Attilio. Perdonad, padre mío; mas habéis dicho una tontería. Bien se ve que no conocéis el mundo.