—¿Eh? dijo D. Rodrigo, me queréis hacer reir: primo mío, lo conoce tanto como vos. ¿No es verdad, padre? ¿Decid, decid si no habéis corrido también vuestra caravana?
En vez de responder á esta atenta pregunta, el padre se dijo interiormente: esto te toca á ti; pero recuerda, hermano, que no has venido á este sitio por ti, y que todo lo que á ti sólo concierne no entra en la cuenta.
—Podrá ser, dijo el primo; pero el padre... ¿cómo se llama el padre?
—Cristóbal, respondieron varios de los convidados.
—Pero padre Cristóbal, mi reverendo señor: con vuestras máximas revolveríais el mundo por entero. Sin desafíos, sin apaleamientos; adiós pundonor, impunidad para todos los bribones. Felizmente que el supuesto es imposible.
—Ánimo, doctor, se apresuró á decir D. Rodrigo, el cual quería mejor divertirse con la disputa de los dos primeros contendientes; ánimo, que para dar la razón á todo el mundo sois un hombre sin igual. Veamos cómo os componéis para dar la razón en esto al padre Cristóbal.
—En verdad, respondió el doctor, blandiendo en el aire su vaso y volviéndose al padre; en verdad, yo no puedo comprender cómo el padre Cristóbal, el cual es á la vez un perfecto religioso y un hombre de mundo, no haya pensado que su fallo, bueno, excelente y de gran peso en el púlpito, no vale nada, sea dicho con el debido respeto, en una discusión caballeresca. Mas el padre sabe, mejor que yo, que cada cosa es buena en su lugar correspondiente, y creo que esta vez haya querido librarse por medio de una broma del embarazo de proferir un fallo. ¿Qué se podía responder á unas razones deducidas de una sabiduría tan antigua y siempre nueva? Nada, y esto es lo que hizo nuestro fraile.
Mas D. Rodrigo, por querer cortar aquella cuestión, vino á suscitar otra.—Á propósito, dijo, he oído que en Milán corrían voces de acomodamiento.
El lector sabe que en aquel año se combatía por la sucesión del ducado de Mantua, del cual, á la muerte de Vicente Gonzaga, que no había dejado herederos legítimos, había entrado en posesión el duque de Nevers, su más próximo pariente. Luis XIII, ó sea el cardenal de Richelieu, sostenía á aquel príncipe, su muy amado y naturalizado francés. Felipe IV, ó sea el conde de Olivares, comúnmente llamado el conde-duque, no lo quería por las mismas razones, y le había suscitado una guerra. Así, pues, aquel ducado era feudatario del imperio, y ambas partes se servían de toda clase de manejos, de instancias y de amenazas cerca del emperador Fernando II: la primera para que él diese la investidura al nuevo duque; la segunda para que se le negase, y al mismo tiempo que ayudase á echarlo del citado estado.
—No estoy lejos de creer, dijo el conde Attilio, que las cosas puedan arreglarse. Tengo ciertos indicios.