—No creáis nada, señor conde, no creáis nada, interrumpió el podestá. Sobre ese punto yo puedo saber las cosas, porque el señor castellano español, que tiene la bondad de apreciarme un poco, y el cual es hijo de un familiar del conde-duque, está informado de todo...

—Os digo que me acontece todos los días en Milán hablar con personajes mucho más elevados, y sé de buena tinta que el papa, interesadísimo como está por la paz, ha hecho proposiciones.

—Así debe ser; es una cosa regular. Su santidad hace su deber; un papa debe procurar siempre poner bien entre sí á los príncipes cristianos; pero el conde-duque tiene su política, y...

—Y, ¿sabéis, señor mío, cómo piensa el emperador en este momento? ¿Creéis que no hay otra cosa más que Mantua en el mundo? Las cosas en las cuales se debe pensar son muchas, señor mío. ¿Sabéis, por ejemplo, hasta qué punto el emperador pueda ahora fiarse de su príncipe de Valdistano ó de Vallistai, ó como le llaman, y?...

—EL verdadero nombre en lengua alemana, interrumpió todavía el podestá, es Valliensteino, según lo he oído pronunciar varias veces á nuestro señor castellano, que es español.

—¿Queréis enseñarme?... replicó el conde; pero D. Rodrigo, guiñándole el ojo, le dió á entender, que por favor dejase de contradecir. El conde calló, y el podestá como un buque desembarazado de un banco de arena continuó á velas desplegadas el curso de su elocuencia. Valliensteino, me da poco cuidado, porque el conde-duque está en todo; y si dicho Valliensteino quiere hacer alguna extravagancia, aquél lo sabrá hacer andar. Diga que su vista llega á todas partes, y sus brazos son muy largos; y es tan gran político que si se le pone en la cabeza, como se le ha puesto, y justamente, de que el señor duque de Nevers no meta los pies en Mantua, el señor duque de Nevers no los meterá, y el señor cardenal de Richelieu habrá hecho un hoyo en el agua. Me dan ganas de reir, al ver á ese querido señor cardenal que quiere luchar con un conde-duque, con todo un Olivares. Digo formalmente que quisiera resucitar dentro de doscientos años para ver lo que dirá la posteridad de esta bella pretensión. Se requiere otra cosa más que la envidia: se necesita tener cabeza; y cabeza como la del conde-duque, no hay más que una en el mundo. El conde-duque, señores míos, proseguía el podestá, siempre con viento en popa, y un poco sorprendido de no encontrar jamás un escollo; el conde-duque es un zorro viejo, hablando con el respeto que se le debe, que hará perder la pista á quien quiera que sea; y cuando él se inclina á la derecha, se puede estar seguro que caerá sobre la izquierda, por lo cual nadie puede jactarse nunca de conocer sus designios; y los mismos que deben ejecutarlos, los mismos que escriben los despachos, no comprenden nada. Yo puedo hablar con algún conocimiento de causa; porque el bueno del señor castellano, se digna conversar conmigo con alguna confianza. El conde-duque, vice versa, sabe exactamente lo que hierve en la olla de las demás cortes; y cuando todos esos politicones (entre los cuales, no puede negarse, que los hay más hábiles) han imaginado apenas un proyecto, he aquí que el conde-duque lo ha adivinado ya, con aquella excelente cabeza, con sus encubiertos lazos, y con sus redes que tiende por todas partes. Mientras que el pobre cardenal de Richelieu, tienta por aquí, olfatea por allá, suda, se ingenia; ¿y después? Cuando ha conseguido excavar una mina, encuentra ya la contramina perfectamente bien hecha por el conde-duque...

Sabe el cielo cuándo el podestá habría tomado tierra; mas D. Rodrigo, estimulado además por los visajes que le hacía su primo, se volvió de improviso á un criado, como si le hubiese venido alguna inspiración, y le hizo señas de que trajese cierto frasco. “Señor podestá, y vosotros señores míos, dijo en seguida: un brindis al conde-duque, y me sabréis decir después si el vino es digno del personaje”. El podestá contestó con una inclinación, en la cual se traslucía un sentimiento de estar particularmente reconocido, porque tomaba como si fuese dirigido á él todo lo que se hacía ó se decía en honor del conde-duque.

—¡Viva mil años D. Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, duque de S. Lúcar, gran privado del rey D. Felipe el Grande, nuestro señor! exclamó alzando la copa.

Privado, era el término de uso en aquella época para significar el favorito de un príncipe.

—¡Que viva mil años! respondieron todos.