—Servid al padre, dijo D. Rodrigo.
—Perdonadme, respondió el padre; he cometido una falta, y no podría...
—¡Cómo! repuso D. Rodrigo: se trata de un brindis al conde-duque. ¿Queréis, pues, hacer creer que estáis por los navarros?
Así llamaban entonces por befa á los franceses, á causa de los príncipes de Navarra, que habían empezado con Enrique IV á reinar sobre ellos.
Á tal exorcismo era conveniente beber. Todos los convidados prorrumpieron en exclamaciones y en elogios del vino, á excepción del doctor, que con la cabeza levantada, los ojos fijos y los labios apretados, expresaba mucho más que lo hubiera podido hacer con las palabras.
—¡Hola, doctor! ¿qué decís? preguntó D. Rodrigo.
Retirando la nariz de la copa, que el vino acababa de poner más colorada y reluciente, el doctor respondió, apoyándose con énfasis en cada sílaba: “Digo, manifiesto y sentencio, que este vino es el Olivares de los vinos. Censui, et in eam ivi sententiam, que un licor semejante no se encuentra en los veintidós reinos del rey nuestro señor, que Dios guarde. Declaro y fallo que las comidas del Illmo. Sr. D. Rodrigo ganan á las cenas de Eliogábalo; y que la economía está desterrada para siempre de este palacio, donde se asienta y reina la esplendidez”.
—¡Bien dicho, bien definido! gritaron á una voz los convidados. Mas la palabra economía, que el doctor había lanzado por casualidad, atrajo en el mismo instante todas las imaginaciones hacia aquel triste objeto, y todos hablaron de la carestía. Acerca de dicho asunto todos estaban acordes, á lo menos en lo principal; pero el ruido quizá era mayor que si hubiesen sido de distintos pareceres. Todos hablaban á la par.
—No hay carestía, decía uno; son los monopolistas...
—Y los panaderos, decía otro, que esconden el grano; es preciso ahorcarlos.