—Justamente; ahorcarlos sin misericordia.

—¡Qué magníficos procesos! gritaba el podestá.

—¡Qué procesos! gritaba aún con más fuerza el conde Attilio: justicia seca. Pillar tres ó cuatro, ó cinco ó seis, de los que la voz pública señala como más ricos y más perros, y ahorcarlos.

—¡Ejemplos, ejemplos! Sin ejemplos nada se hace.

—¡Ahorcarlos, ahorcarlos! y el grano lloverá por todas partes.

El que pasando por una feria, se ha encontrado gozando con la armonía que mueve una compañía de titiriteros, cuando entre una y otra tocata cada uno afina su instrumento, haciéndolo sonar cuanto puede, á fin de oirlo distintamente, en medio del ruido de los demás, podrá tener una idea de la melodía de aquellos discursos, si puede dárseles este nombre. Entretanto se seguía paladeando aquel excelente vino, y sus alabanzas iban, como era justo, mezcladas con las sentencias de jurisprudencia económica, así como las palabras que se oían más sonoras y frecuentes, eran: ambrosía y ahorcarlos.

En el ínterin D. Rodrigo lanzaba de vez en cuando algunas ojeadas al único que guardaba silencio, y lo veía siempre impasible, sin dar ninguna señal de impaciencia, sin hacer ademán que tendiese á recordar que estaba esperando, y sí sólo demostrando el no querer irse antes de haber sido escuchado. D. Rodrigo lo hubiera mandado á pasear de buena gana, ahorrándose aquella conversación; pero despedir á un capuchino sin haberle dado audiencia, no estaba conforme con las reglas de su política. Ya que no podía excusarse de aquella molestia, resolvió arrostrarla, y librarse de ella lo más pronto posible. Se levantó, pues, de la mesa, y con él toda la alegre tropa sin interrumpir la algazara. Luego de haber pedido permiso á sus huéspedes, se acercó con grave ademán al fraile, que se había levantado de súbito, al propio tiempo que los demás, y le dijo: “Estoy á vuestras órdenes;” y lo condujo á otra estancia.

CAPÍTULO SEXTO

—¿En qué puedo complaceros? dijo D. Rodrigo, quedándose de pie en medio de la estancia. Tales fueron sus palabras; pero el modo con que habían sido proferidas, querían decir claramente: “Ten cuidado delante de quién estás; pesa las palabras, y sé breve”. No había medio más seguro y más expedito para dar valor á nuestro Fr. Cristóbal, que hablarle con arrogancia. Él, que estaba suspenso, buscando las palabras, y haciendo recorrer entre los dedos las avemarías del rosario que pendía de su cintura, como si en algunas de ellas esperase encontrar su exordio; á la vista de aquel ademán de D. Rodrigo, sintió venir á sus labios más palabras que lo que era necesario. Mas pensando cuán importante era no echar á perder sus negocios, ó lo que era aún más, los de otros, corrigió y templó las frases que se le habían presentado á la imaginación, y dijo con circunspecta humildad: “Vengo á proponeros un acto de caridad. Ciertos hombres de mala conducta, han puesto por delante el nombre de vuestra señoría ilustrísima, para asustar á un pobre cura é impedirle el cumplir con su deber, y para atormentar á dos inocentes. Vuestra señoría puede con una palabra confundirlos, restituir al derecho su fuerza y aliviar á aquellos á quienes se ha hecho una tan cruel violencia. Lo puede; y pudiendo... la conciencia, el honor...”.

—Ya me hablaréis de conciencia cuando vaya á confesarme con vos. En cuanto á mi honor, habéis de saber que yo soy el guardián de él, y de él solo; y que cualquiera que se atreva á querer participar de ese cuidado, lo miro como un temerario que lo ofende.