Advertido Fr. Cristóbal por las antecedentes palabras que aquel señor trataba de hacerle olvidar de sí mismo, con el objeto de cambiar la conversación, y de no darle lugar para llegar al fin que se proponía, se armó de toda su paciencia, resuelto á no poner cuidado por todo lo que al otro le agradase decir, y respondió de pronto con humilde tono: “Si he dicho algo que os haya disgustado, ha sido seguramente contra mi intención. Sin embargo, si no sé hablar como conviene, reprendedme, corregidme; pero dignaos escucharme. Por el amor del cielo, por el amor de ese Dios, á cuya presencia todos debemos comparecer”. Y así diciendo, había colocado entre los dedos y ponía delante de los ojos de su airado oyente la cruz de madera que pendía de su rosario. No os obstinéis en negar una justicia tan fácil, y que se debe de derecho á unos infelices. Pensad que Dios tiene siempre su mirada fija sobre ellos, y que sus llantos y súplicas son arriba atendidas. La inocencia es poderosa á su...
—¡Eh, padre! interrumpió bruscamente D. Rodrigo; el respeto que yo tengo á vuestro hábito es grande, pero si alguna cosa podía hacérmelo olvidar, sería el verle colocado en uno que tiene la audacia de venir á mi casa á hacer el oficio de espía.
Esta palabra hizo aparecer una súbita llama sobre las mejillas del padre; el cual sin embargo, con el semblante de aquel que traga una medicina muy amarga, replicó: “No creo que semejante título me corresponda. Vos mismo sentís interiormente que el paso que en este momento doy, ni es vil, ni despreciable. Mas atendedme, Sr. D. Rodrigo, ¡y quiera el cielo que no venga un día en el cual os arrepintáis de no haberme escuchado! No queráis cifrar vuestra gloria... ¡qué gloria, Sr. D. Rodrigo! ¡qué gloria para ante Dios y para ante los hombres! Vos podéis mucho aquí abajo; mas...”.
—¿Sabéis, dijo D. Rodrigo, interrumpiéndole con mal humor, pero no sin algún estremecimiento de terror; sabéis que cuando tengo deseos de oir un sermón sé ir guapamente á la iglesia, como hacen los demás? Mas, ¡en mi casa! ¡Oh! continuó, con forzada é irónica sonrisa: vos me tendréis más consideración de la que me merezco. ¡Un predicador en mi casa! No lo tienen más que los príncipes.
—Y ese Dios que pide cuenta á los príncipes de la palabra que les hace oir en sus propios palacios; ese Dios que os da ahora una señal de misericordia, enviándoos uno de sus ministros, indigno y miserable sin duda, pero ministro suyo, para suplicaros en favor de una inocente...
—En suma, padre, dijo D. Rodrigo, haciendo ademán de irse, yo no sé lo que queréis decir; no comprendo más, sino que esto debe reducirse á una joven por quien os tomáis mucho interés. Andad á hacer vuestras confidencias al que le plazca, y no os toméis la libertad de venir á molestar á un hombre honrado.
Al movimiento de D. Rodrigo, nuestro fraile, con el mayor respeto, se le puso delante, y alzando las manos como para suplicarle y continuar la conversación, repuso todavía: “Ella me interesa, es cierto, pero vos no me interesáis menos. Son dos almas que una y otra me importan más que mi vida. ¡D. Rodrigo, yo no puedo hacer otra cosa por vos que rogar á Dios; pero lo haré con todo el fervor de mi corazón! No me digáis que no; no queráis tener sumida en la angustia y en el terror á una pobre inocente. Una palabra vuestra puede hacerlo todo”.
—Y bien, dijo D. Rodrigo, ya que vos creéis que yo puedo hacer mucho por esa persona; ya que os interesa tanto...
—¿Y bien? replicó con ansiedad el padre Cristóbal, al cual el tono y continente de D. Rodrigo no le permitían el que se abandonara á la esperanza que parecían anunciar aquellas palabras.
—Y bien, aconsejadla que venga á ponerse bajo mi protección. No le faltará nada, y nadie osará molestarla, ó yo no seré digno de llamarme caballero.