El que sin ser rogado para ello, rehace el trabajo ajeno, se expone, y hasta cierto punto contrae el deber de dar una cuenta minuciosa del suyo propio.
Ésta es una regla de hecho y de derecho á la cual no intentamos sustraernos de ningún modo.
Lejos de eso, y para probar que nos sometíamos á ella de buen grado, nos propusimos dar aquí una explicación detallada sobre el modo de escribir que hemos adoptado; con este objeto nos afanamos en adivinar durante todo el tiempo de nuestro trabajo, las críticas posibles y contingentes que él podría suscitar, con la intención de refutarlas anticipadamente. Pero no estribaba en esto la dificultad, pues (digámoslo en honor de la verdad) ninguna crítica se ha presentado á nuestra mente sin venir acompañada de una respuesta triunfante, de aquéllas que no sólo resuelven las cuestiones sino que imponen silencio. Nos ha sucedido también con frecuencia que, poniendo dos críticas frente á frente, las hacíamos luchar entre sí, y examinándolas profundamente y comparándolas con escrupulosa atención, descubríamos y demostrábamos al cabo, que aunque opuestas en apariencia, eran por su naturaleza semejantes, y que ambas á dos procedían de la desatención con que se habían indicado los hechos y los principios, sobre los cuales debían asentarse los juicios que de unos á otros se debieron hacer, y en consideración de esto juntábamos ambas críticas y las mandábamos juntas también á pasear.
¡Con dificultad se podría hallar un autor que probara mejor su infalibilidad!—Pero, ¡oh cielos! llegado el momento de recapitular las objeciones y sus respuestas y el de ordenarlas, hallamos, que habíamos hecho un libro: visto lo cual, abandonamos nuestro intento por dos razones, que sin duda alguna el lector considerará oportunas.—La primera, porque temimos que el hacer un libro para justificar otro, ó sólo su estilo, parecería cosa ridícula. La segunda, porque creemos que es suficiente, cuando no excesivo, el publicar un sólo libro á la vez.
NOTAS:
[1] Se da este nombre á los escritores del siglo XVI y de la primera mitad del XVII, época para Italia de decadencia y mal gusto. Nota del autor.
ÍNDICE
| Pág. | |
| INTRODUCCIÓN | [v] |
| CAPÍTULO PRIMERO | [1] |
| CAPÍTULO SEGUNDO | [29] |
| CAPÍTULO TERCERO | [51] |
| CAPÍTULO CUARTO | [78] |
| CAPÍTULO QUINTO | [104] |
| CAPÍTULO SEXTO | [129] |
| CAPÍTULO SÉPTIMO | [153] |
| CAPÍTULO OCTAVO | [185] |
| CAPÍTULO NOVENO | [221] |
| CAPÍTULO DÉCIMO | [254] |
| CAPÍTULO DECIMOPRIMERO | [285] |
| CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO | [316] |
| CAPÍTULO DECIMOTERCERO | [339] |
| CAPÍTULO DECIMOCUARTO | [365] |
| CAPÍTULO DECIMOQUINTO | [392] |
| CAPÍTULO DECIMOSEXTO | [420] |
| CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO | [446] |
| CAPÍTULO DECIMOCTAVO | [473] |
CAPÍTULO PRIMERO
Un brazo del lago de Como, dirígese al Mediodía, por entre dos cordilleras de montañas no interrumpidas, y va formando, según aquéllas se estrechan ó se apartan, bahías y ensenadas que de repente toman el curso y la apariencia de un caudaloso río, teniendo á su derecha un cabo ó promontorio, y á su izquierda otro río. El puente que une las dos márgenes en aquel sitio, parece que hace más sensible á la vista dicha trasformación: él señala el punto donde termina el lago y empieza el Adda, para volver á tomar su nombre en el mismo lugar en que ambas riberas, ensanchándose nuevamente, permiten que las aguas se extiendan formando innúmeros golfos y bahías. El río baja apoyándose en dos montes contiguos, formado por la confluencia de tres grandes torrentes, llamado el uno de S. Martín y el otro el Resegon, que en dialecto lombardo, quiere decir sierra; y en efecto, son tantos sus numerosos picos, que verdaderamente semeja á una sierra; de modo que, á su aspecto, visto de frente, por ejemplo, desde los muros de Milán que miran al Norte, no hay quien, por esa señal, no le reconozca al momento entre aquella vasta cordillera de montañas, de los otros montes de nombre menos conocido y de forma mas común. Por espacio de un buen trecho el río baja por una pendiente poco sensible; después interrumpido en su marcha por ribazos y cañadas, se precipita formando cascadas ó anchas lagunas, según la configuración de las dos montañas y el trabajo de las aguas. La orilla, surcada por las bocas de los torrentes, está cubierta de gruesa arena y guijarros; el resto del terreno lo forman campos y viñedos, salpicados de lugarcillos, quintas y cabañas, y de cuando en cuando, bosques que se prolongan hasta la misma montaña. Lecco, el mayor de aquellos lugarcillos y que da su nombre al territorio, está situado á corta distancia del puente, sobre las orillas del lago, haciendo parte del mismo, cuando crecen sus aguas. Hoy día es una gran aldea que va encaminándose á ser ciudad. En el tiempo que tuvieron lugar los sucesos, cuya narración vamos á emprender, dicha aldea, ya muy considerable, era á más una plaza fuerte, teniendo por lo tanto el honor de alojar un gobernador, y la ventaja de poseer una guarnición permanente de soldados españoles. El Adda, salido apenas de los arcos del puente, se convierte de nuevo en un pequeño lago, y después se estrecha y prolonga hasta el horizonte en brillantes revueltas; en lo alto las cimas de los montes suspendidas sobre el que las contempla, y debajo la pendiente de la montaña cultivada, los paisajes, el puente; al frente la ribera opuesta del lago, y tendiendo más la vista el encumbrado monte que lo encierra.