Por uno de estos senderos volvía de paseo, dirigiéndose á su casa á pasos lentos, en la tarde del día 7 de noviembre del año 1668, D. Abundio, cura párroco de uno de los lugares que se acaban de describir: el nombre de éste, ni el apellido de aquél se encuentran en el manuscrito ni en dicho lugar, ni en otro alguno. Iba recitando tranquilamente sus rezos, y de vez en cuando entre salmo y salmo cerraba el breviario, dejando dentro por señal el índice de la mano derecha; luego poniéndose ambas manos atrás, proseguía su camino mirando al suelo, arrojando con el pie las piedras que obstruían el camino; después alzaba la vista, y volviendo negligentemente los ojos á su alrededor, los fijaba en la parte de un monte, en que la luz del sol poniente, escapándose por las grietas del opuesto, esparcía por donde quiera largas y desiguales fajas de púrpura sobre los ángulos salientes de los peñascos en donde reflejaban sus rayos. Después abrió de nuevo el breviario, y habiendo recitado otro pequeño pasaje, llegó á una revuelta del sendero, donde siempre tenía la costumbre de levantar los ojos del libro y echar una mirada delante de sí, lo cual hizo también aquel día. Luego que hubo dado la vuelta al citado sendero, el camino seguía en línea recta casi unos sesenta pies, y en seguida se dividía en dos sendas en forma de Y: la de la derecha se dirigía á la montaña y conducía á la parroquia; la de la izquierda descendía al valle hasta llegar á un torrente, y por esta parte la pared no llegaba ni á la mitad del cuerpo del pasajero. Las paredes interiores de ambas sendas, en vez de reunirse en el ángulo terminaban en una especie de retablo sobre el cual habían pintado ciertas figuras largas, serpenteantes, que acababan en punta, las cuales, según la intención del artista y á los ojos de todos los habitantes de las cercanías, figuraban llamas, y alternaban con éstas otras figuras que es imposible describir, y que representaban las almas del purgatorio; almas y llamas eran de color de ladrillo, sobre un fondo pardusco, resquebrajado por algunas partes. El cura, después de haber dado la vuelta al camino, y dirigiendo según solía sus miradas á la capilla, vió lo que no esperaba, y que no hubiera querido ver. Tres hombres estaban apostados, el uno enfrente del otro, en la confluencia, por decirlo así, de las dos sendas: uno de ellos cabalgaba sobre la pequeña tapia, teniendo una pierna colgando por la parte exterior, y el otro pie descansando sobre el camino; el segundo de pie, arrimado á la citada tapia, y el último sentado y con los brazos cruzados. El vestido, el talante y el paraje en que se hallaban, manifestaban claramente la condición de aquéllos. Llevaban los tres la cabeza ceñida con una redecilla verde, de la cual se destacaba sobre la frente un enorme tupé que caía encima del hombro izquierdo, donde terminaba por una gran borla; con el pelo largo y ensortijado; un descomunal cinturón de correa de donde pendían un par de pistolas; un pequeño cuerno lleno de pólvora, colgado del cuello á guisa de collar; el mango de un cuchillo que salía de sus anchos y huecos calzones, y por último un espadón, cuya grande empuñadura, toda calada y primorosamente trabajada formaba una especie de concha; con lo que á primera vista se conocía que pertenecían á la clase de los BRAVOS. Dicha especie, hoy del todo perdida, estaba entonces muy floreciente en la Lombardía, y era ya antiquísima. Para el que no tuviese idea de ella, he aquí algunos fragmentos auténticos que darán á conocer bastante sus principales caracteres, los esfuerzos hechos para destruirla, y su tenaz y rigorosa vitalidad.

Desde el 8 de abril del año 1583, el Illmo. y Exmo. Sr. D. Carlos de Aragón, príncipe de Castelvetrano, duque de Terranova, marqués de Ávola, conde de Burgeto, grande almirante y gran condestable de Sicilia, gobernador de Milán y capitán general de S. M. C. en Italia, plenamente informado de la intolerable miseria, en la cual ha vivido y vive aún la ciudad de Milán, á causa de los BRAVOS y vagamundos, publicó un bando contra éstos. Declarando á todos ellos comprendidos en el presente bando, debiendo ser tenidos por BRAVOS y vagamundos... todos los que siendo forasteros, ó del país, no tienen ninguna profesión, ó que teniéndola no la ejercen... pero que con sueldo ó sin él se arriman á cualquier caballero, ó gentilhombre, oficial ó comerciante... para prestarle ayuda y favor, ó verdaderamente, según es de presumir, para tener asechanzas á otros... Manda á todos ellos que en el término de seis días abandonasen el país, bajo la pena de galeras á los contumaces, y dió á todos los oficiales de justicia las más amplias é indefinidas facultades para la ejecución de la citada orden. Mas en 12 de abril del año siguiente, viendo dicho señor que esta ciudad estaba llena todavía de BRAVOS... que habían vuelto á vivir como antes, no habiendo cambiado en nada sus costumbres, ni disminuido su número, publicó un nuevo bando más fuerte aún y más notable, en el cual, entre otras órdenes, prescribe:

“Que cualquier individuo, tanto de la ciudad, como de fuera de ella, que por dos testigos conste ser tenido y comúnmente reputado por BRAVO, y lleve el nombre de tal, aunque no se verifique que haya cometido delito alguno... por la sola opinión de BRAVO sin necesidad de más indicios, podrá por los dichos jueces, y cada uno de ellos en particular, ser condenado á la horca y al tormento, previa la correspondiente sumaria... y aunque no confiese crimen alguno, sea enviado á galeras por el tiempo de tres años, por la sola reputación y nombre de BRAVO, según se expresa arriba. Todo esto, sin perjuicio de lo demás que corresponda, porque su excelencia está resuelto á hacerse obedecer de todos”.

Al oir palabras tan enérgicas, tan positivas, acompañadas de tales órdenes, está uno decidido á creer que á su solo ruido todos los BRAVOS desaparecerían para siempre. Pero el testimonio de un señor no menos poderoso, no menos dotado de nombre, nos obliga á creer todo lo contrario. Éste es el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan Fernández de Velasco, condestable de Castilla, camarero mayor de S. M., duque de Frías, conde de Haro y Castelnovo, señor de la casa de Velasco y de la de los siete infantes de Lara, gobernador del Estado de Milán, &c. En 5 de junio de 1593, plenamente informado también de cuánto daño y ruina son... los BRAVOS y vagamundos, y del pésimo efecto que tal clase de gentes causa al bien público, en menosprecio de la justicia, les intima de nuevo que en el perentorio término de seis días, desocupen el país, repitiendo exactamente las mismas prescripciones y amenazas de su predecesor. El 23 de mayo del año 1598, informado con el mayor desagrado que... en esta ciudad y Estado va creciendo cada vez más el número de tales gentes (bravos y vagamundos), y que de su parte, día y noche, no oye hablar más que de heridas causadas alevosamente, de homicidios y robos, y de toda clase de crímenes, cuya ejecución les es tanto más fácil, cuanto que confían en ser protegidos por sus jefes y fautores... prescribe de nuevo los mismos remedios, aumentando la dosis, como se usa en las enfermedades obstinadas. Que cualquiera, pues, concluye por último, en todo y por todo se guarde de controvertir en lo más mínimo á la presente orden, porque en vez de merecer la clemencia de su excelencia, experimentará su rigor y su cólera, estando resuelto y determinado á que éste sea el último, y perentorio aviso.

No fué, sin embargo, de este parecer el Illmo. y Exmo. Sr. D. Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, capitán y gobernador del Estado de Milán; no fué de este parecer, y con razón. Plenamente informado del estado deplorable en que se encuentra esta ciudad y estado por causa del considerable número de BRAVOS que en él abundan... y resuelto á extirpar totalmente semilla tan perniciosa, se determina á dar el 5 de diciembre del año 1600, un nuevo bando lleno de las más severas conminaciones, con el firme propósito de que sean todas ejecutadas con el mayor rigor, y sin esperanza de remisión.

Con todo, preciso es creer que no lo hiciese con la buena voluntad que sabía emplear para urdir intrigas y suscitar enemistades á su grande enemigo Enrique IV; pues acerca de esto, dice la historia, que logró armar contra dicho monarca al duque de Saboya, á quien hizo perder más de una ciudad, como también consiguió hacer conspirar al duque de Biron, lo que le costó la cabeza; pero tocante á la mala semilla de los BRAVOS, es cierto que aún continuaba germinando el 22 de setiembre del año 1612. En este día el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan de Mendoza, marqués de la Hinojosa, gentilhombre, &c., gobernador, &c., pensó formalmente en extirparla. Á dicho efecto, expidió á Pandolfo y á Marco Tulio Malatesta, impresores del rey, el acostumbrado bando, corregido y aumentado, para que lo imprimiesen, para el exterminio de los BRAVOS. Mas éstos vivieron todavía lo bastante para recibir el 24 de diciembre del año 1618, los mismos y más fuertes golpes del Illmo. y Exmo. Sr. D. Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, &c., gobernador, &c.; pero no habiendo muerto de ellos, el Illmo. y Exmo. Sr. D. Gonzalo Fernández de Córdoba, bajo cuyo gobierno tuvo lugar el paseo de D. Abundio, se había visto obligado á corregir y publicar de nuevo la acostumbrada ordenanza contra los BRAVOS el día 5 de octubre de 1627, es decir, un año, un mes y dos días antes de aquel memorable acontecimiento.

No fué ésta la última publicación; pero nosotros no creemos deber hacer mención de las posteriores, como cosa que está fuera del período de nuestra historia. Solamente indicaremos una del 13 de febrero del año 1632, en la cual el Exmo. duque de Feria, por segunda vez gobernador, nos da á conocer que las mayores maldades procedían de los llamados BRAVOS. Esto basta para probar que los BRAVOS existían aún en el tiempo de que tratamos.

Que los tres individuos descritos anteriormente estuviesen allí para esperar á alguno, era demasiado evidente; pero lo que más disgustó á D. Abundio fué el comprender por ciertas señales, que el esperado era él, porque á su aparición ellos se habían mirado, alzando la cabeza, con un movimiento que denotaba que ellos á un tiempo habían dicho: “él es”. El que estaba cabalgando en la tapia se levantó, plantándose en el camino; otro se separó también de la pared y los dos marcharon á su encuentro. D. Abundio, teniendo siempre delante de sus ojos el breviario abierto, como si leyese, miraba además para espiar sus movimientos; y viéndolos venir directamente á él, fué asaltado al instante por mil diversos pensamientos. De repente se preguntó si entre los bravos y él, el sendero tendría alguna salida, ya fuese á la derecha, ya á la izquierda, y al momento se acordó que no. Examinó su conciencia y no le recordó ninguna falta cometida contra algún señor poderoso ó vengativo: pero aun en aquella tribulación, el testimonio consolador de aquélla lo tranquilizaba completamente. Sin embargo, los bravos se acercaban mirándole fijamente. Puesto el índice y la palma de la mano izquierda en su alzacuello, como para acomodarlo mejor, y haciendo girar los dos dedos alrededor de la garganta, volvía entre tanto la cabeza hacia atrás torciendo al mismo tiempo la boca, y mirando de reojo, con el fin de poder ver si venía alguien; mas no vió á nadie. Echó una ojeada por encima de la pequeña tapia con dirección á los campos, nadie; en seguida otra más tímida sobre el camino que tenía delante de sí, tampoco; nadie más que los bravos. ¿Qué hacer? ¿Volver atrás? Ya no era tiempo: confiarse á las piernas, era lo mismo que decir, perseguidme. No pudiendo esquivar el peligro, corrió á encontrarlo; porque aquellos momentos de incertidumbre eran tan penosos para él, que su único deseo consistía en abreviarlos. Apretó el paso, recitó un versículo en voz alta, trató de dar á su rostro toda la calma posible, hizo todos los esfuerzos imaginables para dejar entrever una sonrisa; y cuando se encontró frente á frente de los dos personajes, dijo para sí: ya estamos, ya estamos, y se afirmó sobre sus dos pies.—Señor cura, dijo uno de ellos, encarándosele con la mayor desfachatez y agarrándole con una mano la garganta.

—¿Qué tenéis que mandar? respondió súbitamente D. Abundio, alzando los ojos del libro, el cual había quedado enteramente abierto en sus manos, como si estuviera sobre un atril.

—¿Tenéis intención, prosiguió el otro, con el ademán amenazador é iracundo de aquél que coge á un inferior cometiendo alguna falta; tenéis intención de casar mañana á Renzo Tramaglino y á Lucía Mondella?