—¡Escuchad, hijos míos! Si queréis tener corazón y la destreza que es necesaria; si queréis fiaros de vuestra madre (esta palabra vuestra hizo estremecer á Lucía), yo me empeño en sacaros de este apuro, quizás mejor y más pronto que el padre Cristóbal, á pesar de ser el hombre que es...

Lucía se puso en pie, y la miró con un aire que expresaba más bien admiración que confianza á la vista de una tan magnífica promesa; y Renzo dijo súbitamente: “¿Corazón, destreza? Decid, decid sin embozo lo que puede hacerse”.

—¿No es verdad, prosiguió Inés, que si estuvieseis casados habría mucho adelantado, y que á todo lo demás se encontraría más fácilmente remedio?

—¿Quién lo duda? dijo Renzo: una vez casados... todo el mundo es patria; y á dos pasos de aquí, pasado Bérgamo, el que trabaja la seda es recibido con los brazos abiertos. Vos sabéis cuántas veces mi primo Bartolo ha solicitado que me vaya con él, que haría fortuna como él la había hecho; y si yo me he resistido siempre, ha sido... ¿qué sirve el decirlo? porque mi corazón estaba aquí. Ya casados, nos vamos todos juntos, se establece allí la casa, se vive en santa paz, fuera de las garras de ese bribón, y lejos de la tentación de hacer algún despropósito. ¿No es cierto, Lucía?

—Sí, dijo ésta; mas, ¿cómo?

—Según yo he dicho, respondió la madre: corazón y destreza, y la cosa es fácil.

—¡Fácil! dijeron á la vez los novios, para quienes el negocio había llegado á ser tan extraño y dolorosamente difícil.

—Fácil, sabiéndolo hacer, replicó Inés. Escuchadme bien; yo veré el modo de hacéroslo comprender. Yo he oído decir á gente que sabe, y aun he visto un caso, que para celebrar un matrimonio, si bien se requiere un cura, no es necesario que consienta; es suficiente con que esté delante.

—¿Y cómo se hace esto? preguntó Renzo.

—Escuchad, y comprenderéis. Es preciso tener dos testigos bien listos, y que estén de acuerdo. Luego se va á encontrar al cura: lo esencial es cogerlo de improviso; que no tenga tiempo de escaparse. El hombre dice: Señor cura, yo tomo á ésta por mujer; la mujer dice: Señor cura, yo tomo á éste por marido... Es necesario que el cura lo oiga y también los testigos; y el matrimonio es bueno, perfecto y sagrado como si lo hubiese hecho el papa. Después de pronunciadas las citadas palabras, el cura puede gritar, mover estrépito, darse al diablo, es inútil, ya sois marido y mujer.