—Esto son sutilezas, dijo Lucía; no son cosas claras. Hasta ahora hemos obrado sinceramente; marchemos adelante con buena fe, y Dios nos ayudará; el padre Cristóbal lo ha dicho; oigamos su parecer.

—Déjate guiar por quien sabe más que tú, dijo Inés con grave ademán. ¿Qué necesidad hay de pedir parecer? Dios dice: ayúdate, que yo te ayudaré. Nosotros se lo contaremos todo al padre, después de hecho.

—Lucía, dijo Renzo, ¿queréis vos faltarme ahora? ¿no hemos hecho todos los preparativos como buenos cristianos? ¿No deberíamos ser ya marido y mujer? ¿No había fijado el cura el día y la hora? ¿Y de quién es la culpa, si debemos ahora ayudarnos con un poco de ingenio? No, no os opondréis. Voy y vuelvo con la respuesta. Y saludando á Lucía con ademán de súplica, y á Inés con aire de inteligencia, partió apresuradamente.

Las tribulaciones aguzan el entendimiento; y Renzo, que en el sendero recto de la vida que había recorrido hasta entonces no se había encontrado en ocasión de aguzar mucho el suyo, había en el presente caso imaginado un medio, que hubiera honrado á un jurisconsulto. Se fué en derechura, según había proyectado, á la cabaña de un tal Tonio, que distaba poco de allí: lo encontró en la cocina, con una rodilla puesta sobre el poyo del hogar, sosteniendo con una mano el asa de un calderillo colocado sobre las calientes cenizas, y meneando con una corva cuchara una pequeña polenta[4] gris. La madre, el hermano, la mujer de Tonio, estaban sentados alrededor de la mesa, y tres ó cuatro chiquillos en pie cerca del padre estaban esperando con los ojos clavados en el citado calderillo que llegase el momento de desocuparlo. Mas allí no había aquella alegría que la vista de la comida suele, sin embargo, dar al que se la ha ganado con su trabajo; la cantidad de polenta era en razón del tiempo, y no del número y deseos de los convidados. Cada uno de éstos miraba con avaricia la pitanza común, y parecía pensar en el grande apetito que aún le quedaría. Mientras Renzo cambiaba los saludos con la familia, Tonio volcó la polenta en una escudilla de haya que estaba preparada para recibirla, é hizo el efecto de una pequeña luna en medio de un gran círculo de vapores. No obstante, las mujeres dijeron cortésmente á Renzo: “¿Queréis que se os sirva?”, cumplimiento que el aldeano de Lombardía, y quién sabe de cuántos otros países, no dejan de hacer jamás al que los encuentra comiendo, aunque el invitado fuese un rico glotón que se acabara de levantar de la mesa, y el aldeano no tuviese ya más que el último bocado.

—Os lo agradezco, contestó Renzo; venía únicamente para decir una palabra á Tonio; y si quieres, Tonio, para no molestar á tus señoras, podemos ir á comer á la hostería y allí hablaremos. La proposición fué para Tonio tanto más grata cuanto menos esperada; y las mujeres y los chiquillos mismos (que sobre semejante punto empiezan pronto á raciocinar) no vieron de mala gana que se sustrajese á la polenta el concurrente más formidable. El invitado no se detuvo en pedir su parte, y partió con Rezo.

Llegados á la hostería del pueblo, sentados con toda libertad, en una soledad perfecta, pues la miseria había dispersado á todos los que frecuentaban aquel lugar de delicias; habiendo mandado traer lo poco que allí se encontraba y una botella de vino, Renzo con aire de misterio dijo á Tonio: “Si tú quieres hacerme un pequeño favor, yo te haré uno grande”.

—Habla, habla; pide, respondió Tonio, echándose de beber; hoy me arrojaría al fuego por ti.

—¿No debes veinticinco libras al señor cura por el arriendo de un campo que labraste el año pasado?

—¡Ah, Renzo, Renzo! tú echas á perder el bien que me haces. ¡Á qué recordarme esto! ¡Me has quitado ya el buen humor!

—Si te hablo de la deuda, dijo Renzo, es porque si tú quieres, yo deseo proporcionarte el medio de pagarla.