—¿Lo dices de veras?
—De veras. ¡Eh! ¿estarás contento?
—¿Contento? ¡Por Diana, si yo estaré contento! Aun cuando no fuese más que por no ver los gestos y señas de cabeza que me hace el señor cura cada vez que me encuentra. Y luego siempre: “Tonio, acordaos; Tonio, ¿cuándo nos veremos para aquel negocio?”. Á tal punto, que cuando al predicar fija la vista sobre mí, estoy casi temiendo que me diga allí públicamente: “¡Eh! ¿y las veinticinco libras?”. ¡Malditas sean! Y después tendrá que restituirme la gargantilla de oro de mi mujer, que la cambiaré en mucha más polenta...
—Más, más, si tú quieres hacerme un pequeño servicio, las veinticinco libras están preparadas.
—Dí pronto.
—Pero... dijo Renzo, poniendo el índice sobre sus labios.
—¿Es preciso que me encargues esto? Creo que me conoces bastante.
—El señor cura va sacando ciertas razones sin jugo para dar largas á mi casamiento; y yo, por el contrario, quisiera despacharme. Me han dicho con seguridad que presentándose á él los dos novios con dos testigos, y diciéndole yo: Ésta es mi mujer; y Lucía: Éste es mi marido... el matrimonio es válido. ¿Me has comprendido?
—¿Tú quieres que vaya á servirte de testigo?
—Justamente.