—¿Y pagarás por mí las veinticinco libras?
—Así lo entiendo.
—Sea un bribón el que falte.
—Mas es preciso buscar otro testigo.
—Lo he encontrado. El simplecillo de mi hermano Gervasio hará aquello que yo le diga. ¿Le pagarás tú de beber?
—Y de comer, respondió Renzo. Le conduciremos aquí para que se divierta en nuestra compañía. ¿Mas, sabrá él hacer?...
—Yo le enseñaré. Tú sabes bien que yo he tenido también su parte de juicio.
—Mañana...
—Bien.
—Entre dos luces.