—Va bien, dijo Inés, va bien; mas no habéis pensado en todo.

—¿Qué falta? respondió Renzo.

—¿Y Perpetua? ¿No habéis pensado en Perpetua? Á Tonio y á su hermano los dejará entrar; pero, ¿juzgáis que os lo permitirá á vosotros dos? Tendrá orden de teneros tan lejos del cura, como un niño de un peral que tiene el fruto maduro.

—¿Cómo lo haremos? dijo Renzo un poco confuso.

—He aquí; ya lo he pensado. Yo iré con vosotros; tengo un secreto para atraerla y para encantarla de tal modo, que no se acordará de vosotros, y podréis entrar. La llamaré y tocaré una cuerda... Vosotros veréis.

—¡Bendita seáis! exclamó Renzo; yo siempre he dicho que vos seríais nuestra Providencia en todo.

—Mas todo no sirve de nada, dijo Inés, si no se persuade á ésta, que se obstina en decir que eso es un pecado.

Renzo puso también en planta su elocuencia; pero Lucía no se dejaba conmover.

—Yo no sé qué responder á vuestras razones, decía; mas veo que para hacer esa cosa, como vosotros decís, es preciso andar á caza de subterfugios, de engaños y de ficciones. ¡Ah, Renzo! ¡No es así como habíamos empezado! Yo quiero ser vuestra mujer... Y no había medio que pudiese pronunciar esta palabra y explicar esta intención sin que le saliesen los colores al rostro. “Yo quiero ser vuestra mujer, pero por el camino recto, como Dios manda, ante el altar. Dejemos obrar al de arriba. ¿No queréis que él sepa hallar el medio de ayudarnos mejor que nosotros podríamos hacerlo con todas esas trampas? ¿Y por qué hacer un misterio de ello al padre Cristóbal?”.

La disputa duraba todavía y no parecía que estaba próxima á concluirse, cuando un ruido apresurado de sandalias y el rumor de un agitado hábito, semejante al que hacen en una vela extendida los repetidos soplos del viento, anunciaron al padre Cristóbal. Todos quedaron silenciosos, é Inés apenas tuvo tiempo de murmurar al oído de Lucía: “Oye, guárdate bien de decirle nada”.