—He comprendido sus palabras, mas no sabré repetírtelas. Las palabras del inicuo que es fuerte, son á un mismo tiempo penetrantes y fugitivas. Puede irritarse de que tú muestres sospechas de él, y á la vez hacerte conocer que son ciertas tus sospechas; puede insultar y manifestarse ofendido, ultrajar y pedir una satisfacción, aterrorizar y quejarse, ser impudente é irreprensible; en él no puede pedirse otra cosa. Él no ha pronunciado el nombre de esta inocente, ni el tuyo; no ha dado señales ni aun de conoceros; no ha dicho que tenía pretensión alguna; pero... pero sin embargo, demasiado he comprendido que él era inflexible. Á pesar de todo, ¡confianza en Dios! Vos, pobrecita, no desaniméis; y tú, Renzo... ¡Oh! cree, no obstante, que yo sé ponerme en tu lugar, que siento lo que pasa en tu corazón; ¡pero paciencia! Es una palabra débil, una palabra amarga para el que no cree; pero tú, ¿no querrás conceder á Dios un día, dos, el tiempo que querrá tomarse, para hacer triunfar la justicia? El tiempo le pertenece; ¡y él nos ha otorgado ya tanto! Deja obrar á Dios, Renzo, y sabe... sabed todos, que yo tengo ya en la mano un hilo para ayudaros. Por ahora, no puedo decir más. Mañana no vendré; debo permanecer todo el día en el convento por vosotros. Tú, Renzo, procura ir allá; y si por un caso impensado no pudieseis, manda un hombre fiel, un muchacho de juicio, por medio del cual pueda yo haceros saber lo que ocurra. Ya se hace de noche, es preciso que yo corra al convento. Fe, valor, y que Dios nos tenga en su santa guarda.

Dicho esto salió apresuradamente, y se encaminó corriendo y casi al escape por un pedregoso y desigual sendero, para no correr el riesgo de que llegando tarde al convento se atrajese una buena reprimenda, ó lo que podía ser peor aún, una penitencia que le impidiese el día después estar listo y expedito para lo que pudiese exigir el cuidado de sus protegidos.

—¿Habéis oído lo que ha dicho de un no sé qué... de un hilo que tiene para ayudarnos? dijo Lucía; conviene fiarse en él; es un hombre que cuando promete diez...

—Si no hay más que esto... interrumpió Inés, hubiera debido hablarme con claridad ó llamarme aparte y decirme lo que hay...

—No es más que cháchara; yo daré fin á ello, yo, repuso Renzo, esta vez recorriendo la estancia de un extremo á otro, con una voz, con un semblante que no dejaba duda ninguna acerca del sentido de aquellas palabras.

—¡Oh, Renzo! exclamó Lucía.

—¿Qué es lo que queréis decir? exclamó también Inés.

—¿Qué necesidad hay de decirlo? Yo daré fin á ello. Aunque tenga cien mil diablos en el cuerpo, él por último es también de carne y hueso...

—¡No, no, por Dios!... empezó á decir Lucía; mas el llanto le cortó la voz.

—No debéis hablar de ese modo, ni aun por broma, dijo Inés.