—¿Por broma? replicó Renzo, quedándose plantado delante de Inés, que estaba sentada, y clavando en ella sus ojos extraviados. ¡Por broma! ¡Veréis si será broma!

—¡Oh, Renzo! dijo Lucía instantáneamente, sollozando; jamás os he visto así.

—No digáis estas cosas, por Dios, replicó aún precipitadamente Inés, bajando la voz. ¿No recordáis cuánta gente tiene á su disposición? Y aun cuando... ¡Dios nos libre!... contra los pobres nunca hay justicia.

—La justicia la haré yo. ¡Ya es tiempo! La cosa no es fácil; lo sé. El perro asesino se guarda bien, sabe lo que vale; pero no importa. Resolución y paciencia... y el momento llegará. Sí, la justicia la haré yo; yo libraré de él á todo el país. ¡Cuánta gente me bendecirá! Y después en tres cabriolas...

El horror que sintió Lucía á estas últimas é insinuantes palabras, suspendió su llanto, y le dió fuerza para hablar. Quitándose las manos de su lloroso semblante, con acento conmovido, pero resuelto: “¡No os importa el tenerme por mujer! Yo estaba prometida á un joven que tenía temor de Dios; mas un hombre que hubiese cometido... aunque estuviese bajo el amparo de la justicia y al abrigo de toda venganza, aunque fuese el hijo del rey...”.

—¡Y bien! gritó Renzo con el semblante aún más desencajado: y vos no seréis mía; mas tampoco lo seréis de él. Yo aquí sin vos, y él en la casa del...

—¡Ah, no! ¡por piedad! no digáis eso; no me miréis así; no, no puedo veros de este modo, exclamó Lucía llorando, suplicando y juntando las manos. Mientras tanto Inés llamaba y volvía á llamar al joven por su nombre, y para apaciguarlo le daba golpecitos en las espaldas, cogía sus brazos y sus manos. Por último, se detuvo inmóvil y pensativo algún tiempo para contemplar el rostro suplicante de Lucía; luego, de repente, le dirigió una torva mirada, se hizo un poco atrás, extendió el brazo y el índice hacia ella, y exclamó: “¡Ella lo quiere, sí, ella lo quiere! ¡Él morirá!”.

—¿Y yo, qué mal he hecho para que me hagáis morir? dijo Lucía, arrojándose á sus pies.

—¡Vos! repuso con voz que expresaba una cólera diferente, pero que todavía era cólera; ¡vos! ¿qué bien me habéis hecho, qué pruebas me habéis dado? ¿No os he rogado, rogado y más rogado? Y vos: ¡No, no!

—Sí, sí, respondió precipitadamente Lucía; iré á casa del cura; mañana, ahora si queréis; iré. Volved á vuestro primer proyecto; yo iré.