—¿Me lo prometéis? dijo Renzo con un acento y rostro repentinamente vuelto más humano.
—Os lo prometo.
—Me lo habéis prometido.
—¡Ah, Señor, gracias! exclamó Inés doblemente contenta.
En medio de su gran cólera, ¿había Renzo pensado de qué provecho podía serle el espanto de Lucía? ¿Y no había usado un poco de artificio para hacerlo creer, y conseguir el fruto que deseaba? Nuestro autor protesta que no sabe nada, y yo por mi parte creo que ni aun el mismo Renzo lo sabía bien. El hecho es que estaba realmente enfurecido contra D. Rodrigo, y que deseaba ardientemente el consentimiento de Lucía; y cuando dos pasiones fuertes hablan juntamente al corazón del hombre, nadie, ni aun el mas paciente, puede siempre distinguir una voz de otra, y decir con seguridad cuál es la que predomina.
—Os lo he prometido, respondió Lucía, con un afectuoso y tímido acento de reconvención; mas vos también habéis prometido de no dar el escándalo, de confiárselo al padre...
—¡Oh, vaya! ¿por qué acabo de encolerizarme? ¿Queréis volveros atrás ahora, y hacerme cometer un despropósito?
—No, no, dijo Lucía, volviendo á asustarse de nuevo. Lo he prometido, y no me vuelvo atrás. Pero ved vos mismo cómo me lo habéis hecho prometer. Dios no quiera...
—¿Á qué hacer tristes augurios, Lucía? Dios sabe que no hacemos mal á nadie.
—Prometedme á lo menos que ésta será la última escena.