—Yo os lo prometo, á fe de hombre honrado.

—Mas esta vez cumplid vuestra palabra, dijo Inés.

Aquí el autor confiesa el no saber otra cosa; si Lucía estaba en todo y por todo pesarosa de haberse visto obligada á consentir. Nosotros dejamos, como él, la duda en planta.

Renzo hubiera querido prolongar la conversación, y fijar punto por punto lo que debía hacerse al día siguiente; pero era ya muy entrada la noche, y las mujeres le despidieron, no pareciéndoles conveniente que se quedase por más tiempo á hora tan avanzada.

La noche, sin embargo, fué para los tres tan buena, como puede serlo la que sucede á un día lleno de agitación y azares, y al que precede otro destinado á una empresa importante, y de éxito incierto. Renzo se presentó muy de mañana, y concertó con Inés la grande operación de aquella tarde, proponiendo y resolviendo alternativamente dificultades, previendo contratiempos, y empezando de nuevo, tan pronto el uno como la otra, á describir el suceso, como si contasen una cosa ya hecha. Lucía escuchaba, y sin aprobar con palabras lo que no podía aprobar en su corazón, prometía hacerlo lo mejor que ella supiese.

—¿Iréis allá abajo, al convento, para hablar al padre Cristóbal, según él os previno ayer tarde? preguntó Inés á Renzo.

—¡Quiá! respondió éste; ya sabéis qué diablos de ojos tiene el padre: me leería en la cara, como en un libro, que hay algo de nuevo; y si empezaba á hacerme preguntas, no podría salir bien de ellas. Y luego, yo debo permanecer aquí para atender al negocio. Sería mejor que mandaseis á alguno.

—Mandaré á Menico.

—Sí, muy bien, repuso Renzo; y partió para atender al negocio, como él había dicho.

Inés se dirigió á la casa de al lado á buscar á Menico, el cual era un muchacho muy listo, que apenas tenía doce años, y que venía á ser sobrino suyo lejano. Lo pidió á los parientes, como prestado, por todo el día, “para un cierto servicio”, según ella decía. Teniéndolo ya en su poder, lo condujo á su cocina, le dió de almorzar, y le dijo que fuese á Pescarenico, y se presentase al padre Cristóbal, el cual lo volvería á mandar en seguida con una respuesta, cuando sería tiempo. “El padre Cristóbal, aquel bello anciano, con la barba blanca, á quien llaman el santo”...