—Entiendo, dijo Menico, el que acaricia á todos los muchachos, y nos da de cuando en cuando algunas estampitas.
—Justamente, Menico. Y si te dijese que esperes algún poco cerca del convento, no vayas á alejarte; ten cuidado de no ir con tus compañeros al lago á ver pescar, ni á divertirte con las redes colocadas en la tapia con el objeto de secarse, ni entretenerte con los demás juegos que acostumbráis.
Es preciso saber que Menico era muy excelente para hacer cabriolas; y se sabe que todos, grandes y pequeños, hacemos voluntariamente las cosas para las cuales tenemos habilidad: no digo aquella sólo.
—¡Bah! yo no soy ya un niño.
—Bien, ten juicio; y cuando vuelvas con la respuesta... mira, estas dos bellas parpagliole nuevas son para ti.
—Dádmelas ahora, que es lo mismo.
—No, no, que las jugarías. Anda y pórtate bien, que no te pesará.
En el resto de aquella larga mañana se vieron ciertas novedades que pusieron no poco en sospecha el ánimo ya turbado de las mujeres. Un mendigo que no estaba extenuado, ni andrajoso como los demás, y con un no sé qué de oscuro y de siniestro en el semblante, entró á pedir limosna, lanzando por todas partes ciertas miradas escudriñadoras. Se le dió un pedazo de pan, que recibió y guardó con una indiferencia mal disimulada. Después entabló conversación con cierta desfachatez, y al mismo tiempo con perplejidad, haciendo muchas preguntas, á las cuales Inés se aceleró á responder siempre lo contrario de lo que era en realidad. Echando á andar como para salir, fingió equivocarse de puerta, entró por la que daba á la escalera, y se apresuró á hacerse cargo con la brevedad posible. Se le gritó por detrás: “¡Eh, eh! ¿adónde vais, buen hombre? Por aquí, por aquí”. Volvió atrás, y salió por la puerta que acababa de serle indicada, excusándose con una sumisión, con una humildad afectada, que estaba lejos de armonizar con los feroces y duros rasgos de aquella fisonomía. Después de éste, continuaron en dejarse ver, por intervalos, otras extrañas figuras. No se hubiera podido decir fácilmente qué casta de hombres eran aquéllos; mas no podía creerse tampoco que fuesen honrados viajeros, según querían parecer. Uno entraba con el pretexto de hacerse enseñar el camino; otros pasando por delante de la puerta iban pausadamente, y miraban á hurtadillas á través del patio la sala, como el que quiere ver sin causar sospechas. Finalmente, hacia el medio día, aquella fastidiosa procesión concluyó. Inés se levantaba de cuando en cuando, atravesaba el patio, se plantaba en la puerta de la calle, miraba á derecha é izquierda, y volvía diciendo: “Nadie”; palabra que pronunciaba con placer, y que Lucía oía con el mismo, sin que ni la una ni la otra supiesen descifrar claramente el por qué. Mas les quedó á ambas una indeterminada inquietud, que les quitó una gran parte del valor que habían puesto en reserva para la tarde.
Conviene sin embargo que el lector sepa algo de más preciso con respecto á aquellos misteriosos vagabundos; y para informarlo completamente, es indispensable que volvamos atrás á encontrar á D. Rodrigo, que hemos dejado ayer solo en una estancia de palacio á la salida del padre Cristóbal.
D. Rodrigo, según hemos dicho, medía de arriba á abajo á pasos largos aquella sala, en cuyas paredes estaban suspendidos retratos de familia de diversas generaciones. Cuando se encontraba con la cara casi tocando con la pared, y se volvía, veía al frente un guerrero, antepasado suyo, terror de los enemigos y de sus soldados, de torva mirada, cabellos cortos y erizados, los bigotes retorcidos y terminados en punta, que sobresalían de las mejillas, la barba oblicua; estaba el héroe en pie, con las grebas[5], los quijotes, coraza, brazales, manoplas, todo de hierro; con la mano derecha sobre el costado y la izquierda sobre el pomo de la espada. D. Rodrigo lo miraba; y cuando llegaba debajo de él, y daba la vuelta, he aquí que se encontraba enfrente de otro antepasado, magistrado, terror de litigantes y abogados, sentado en un sitial cubierto de rojo terciopelo, envuelto en una ancha y negra toga, todo negro, á excepción de una blanca golilla, dos largas valonas guarnecidas y forradas de piel de marta cibelina (éste era el distintivo de los senadores, y no lo llevaban más que en el invierno, razón por la cual no se hallará jamás un retrato de senador vestido de verano), macilento y con fruncidas cejas; tenía en la mano una súplica, y parecía decir: “Veremos”. Aquí una matrona, terror de sus camareras; allá un abad, terror de sus monjes: toda gente, en suma, que habían causado terror viviendo, y que en el lienzo lo inspiraban todavía.