Á la vista de tales recuerdos, D. Rodrigo se enfurecía más y más, y se avergonzaba, no pudiendo reposar con la idea de que un fraile se hubiese atrevido á presentársele delante con la prosopopeya de Nathan. Formaba un proyecto de venganza, y lo abandonaba; pensaba al mismo tiempo cómo podría satisfacer su pasión, y lo que él llamaba su honor; y tal vez sintiendo retumbar en sus oídos el exordio de la profecía, se le erizaban los cabellos, según comúnmente se dice, y estaba casi dispuesto á renunciar á la idea de sus dos satisfacciones. Finalmente, por hacer algo, llamó á un criado, y le mandó que lo excusase con la reunión, diciéndoles que estaba ocupado en un negocio urgente. Cuando aquél volvió á darle parte de que los señores habían marchado, dejando encargado que le hiciese presente sus respetos,—¿Y el conde Attilio? preguntó D. Rodrigo, siempre paseando.
—Ha salido con los demás caballeros, ilustrísimo señor.
—Está bien: seis personas de séquito para salir á paseo, pronto. La espada, la capa, el sombrero.
El servidor partió, contestando con una inclinación, y poco después volvió trayendo la rica espada, que el señor se ciñó; la capa que se echó sobre los hombros, y el sombrero adornado con grandes plumas, que se encasquetó fieramente, lo cual era señal de borrasca. Se puso en marcha, y en el umbral halló los seis tunantes completamente armados, los cuales formados en ala se inclinaron al pasar, y después echaron á andar tras él. Más feroz, más orgulloso, más altanero que de costumbre, salió y se dirigió paseando hacia Lecco. Los aldeanos, los artesanos, al verlo venir, se retiraban rozando la pared, y le hacían saludos é inclinaciones profundas, á las cuales no contestaba. Como inferiores se inclinaban aun aquéllos que para los otros eran llamados señores; porque en todo aquel país, á mil millas en contorno, no había ninguno que pudiese competir con él en nombre, en riquezas, y en lo que tenía relación con la voluntad de servirse de todo esto, para permanecer siempre sobre los demás; á éstos les correspondía con altanera dignidad. Cuando sucedía que se encontraba con el señor castellano español (este día no aconteció), el saludo era entonces igualmente profundo por ambas partes; en efecto, como entre dos potentados que mutuamente nada se deben, pero que por conveniencia hacen honor al rango el uno del otro.
Para disipar un poco su enojo, y para oponer á la imagen del fraile que asediaba su mente imágenes enteramente diversas, D. Rodrigo entró en una casa, donde iba de ordinario mucha gente, y en la cual fué recibido con aquella cordialidad solícita y respetuosa que está reservada á los hombres que se hacen amar y temer á la vez. Siendo ya muy entrada la noche, se encaminó á su palacio. El conde Attilio había vuelto también en aquel mismo momento, y se sirvió la cena, durante la cual D. Rodrigo estuvo muy pensativo y habló poco.
—Primo, ¿cuándo me pagáis aquella apuesta? dijo con tono malicioso é irónico el conde Attilio, apenas se quitó la mesa y salieron los criados.
—S. Martín no ha pasado aún.
—Tanto valdría que la pagaseis en seguida; porque pasarán todos los santos del calendario antes que...
—Esto es lo que se ha de ver.
—Primo, vos queréis haceros el político; pero yo lo comprendo todo, y estoy tan cierto de haberos ganado la apuesta, que vuelvo á estar dispuesto á hacer otra.